Hola a todos. Les prsento este cuento, con el que obtuve una reciente mención en el concurso Oscar Hurtado, en la modalidad de fantasía. Tiene que ver con mambises… y zombies. La imagen es de Ernesto Alejandro Cárdenas, querido amigo y dibujante que se encuentra realizando una historieta de este texto. Espero que sea de su agrado y, como siempre, les agradecería sus comentarios. Que la Fuerza los acompañe.

La última noche de Guzmán Castillo

Por Raúl Piad Ríos

Para Juan Pablo Noroña, por su Café con Sangre

DibujoEl sonido que provocó su propia mano al entrar en contacto con la nuca lo sobresaltó. Sobre la sudorosa piel quedó un pequeño borrón escarlata: los restos infames del mosquito.

Guzmán Castillo masculló por lo bajo y renunció a su sueño, aunque lo único que había hecho era intentarlo. Los quejidos de los heridos y el croar de las ranas componían una melodía disonante e insoportable, capaz de desesperar al más recalcitrante de los estoicos. Cuando saltó de la hamaca sintió la desagradable sensación del fango aprisionando sus botas.

— Me cago en mi madre — farfulló, solo para arrepentirse de inmediato. Maldijo al ignorante que pregonaba por el campamento la pegajosa blasfemia. La madre era lo más sagrado que tenía uno, la madre era intocable, ¿cómo se le ocurría a alguien cagarse en ella?

A esa hora de la noche los campos eran extensiones de frío barro. Los árboles, empapados y medio desnudos, se deslucían en siluetas que parecían recién pintadas con tinta china sobre la espesura. Aquel era el peor lugar de toda la región, una amplia extensión de maleza y pantanos que se prolongaba durante más de veinte kilómetros, hasta desaparecer engullida por las colinas y montañas que se erguían en lontananza.

Bostezó ruidosamente, sintiendo el crujido exagerado de la mandíbula. Todavía va y se me desprende uno de estos días pensó.

Trató de caminar un poco para entrar en calor, la humedad del monte se derramaba por oleadas sucesivas y envolvía los rústicos bohíos del hospitalito, colándose en los huesos de ilesos y heridos por igual. Algunos hombres desarrapados se movían entre la niebla como almas en pena, víctimas del hambre y el insomnio. Guzmán Castillo les dedicó una breve mirada: ruinas fisiológicas atormentadas por la escasez y la desnutrición.

De todos modos nunca dejaba de asombrarse, aquellos tipos parecían de hierro, se enfermaban en muy raras ocasiones y la mayoría exhibía una constitución envidiable. Para no hablar de los negros. Hierba mala nunca muere, decía su madre, que Dios y la Virgen la tuvieran en la gloria.

La figura rectangular de un colgadizo con techo de guano se irguió de improviso, una fétida vaharada brotó de sus endebles paredes exteriores expandiendo el sufrimiento y la falta de higiene de la masa humana que se agitaba en su interior. La tarima de cuje del suelo rechinó débilmente y una fibrosa silueta apareció en la entrada del bajareque.

La imagen del teniente Rodrigo Medina dejaba mucho que desear, no concordaba con la del intrépido guerrero que se hubiera lanzado al combate sin otra protección que la de su pecho desnudo. El sucio pelo recogido en una coleta y los espejuelos descoyuntados enmarcaban un rostro pálido y flaco, muy parecido al de cierto tipo de intelectual descastado, de esos que de vez en cuando aparecían en su ciudad natal.

— ¿Guzmán? — se asombró, alzando una ceja — ¿Usted no sabe que ya todo el mundo tiene que estar durmiendo?

— Me va tener que disculpar teniente Medina, pero es que esta noche no hay demonio que me haga pegar un ojo — se justificó el aludido — El día no ha sido muy bueno que digamos.

Rodrigo dejó escapar un suspiro y asintió con la cabeza. Guzmán Castillo no era el único desvelado aquella noche, los sucesos de la tarde anterior aun palpitaban en sus mentes y espoleaban su depresión.

Para los gachupines había sido como tumbar mangos bajitos; para ellos, saltar de la sartén a las brasas de la forma más estúpida posible. Fueron sorprendidos en medio de un descampado, mientras trataban de evitar el cerco de la columna española que los perseguía. Muchos cayeron en medio de la primera descarga, otros corrieron como locos, abrumados por el número y desconcertados por la violencia del ataque. Al final terminaron macheteados por los contraguerrileros que formaban la vanguardia enemiga.

Todavía el joven teniente se rompía la cabeza intentando comprender como los habían localizado. El trillo por el que habían escapado discurría entre dos altas hileras de pasto seco, ocultándolos de cualquier observador exterior. Seguía creyendo que se trataba de un chivatazo.

— ¿Cómo están? — preguntó Guzmán señalando hacia la choza.

— Jodidos, la mayoría no llegará a mañana. Y lo que es peor, seguirán así, por lo menos hasta que el capitán Coronado nos encuentre — contestó Rodrigo torciéndose el incipiente bigote — Si, aquello fue del carajo, pocos escapamos enteros. De hecho, creo que usted fue uno de los más suertudos, ¿eh? Ni un arañazito tiene.

— La Virgen ayuda a los suyos — sonrió el hombre manoseando un crucifijo en el interior de la camisa.

— Ya, si usted lo dice. Discúlpeme si lo veo de otra forma, que ya lo dice el dicho: “y nos molieron a palos, que Dios protege a los malos cuando son más que los buenos” — los labios de Rodrigo se tensaron en un irónico mohín — En fin, trate de dormir algo que mañana la cosa se va a poner peor. Eso si llegamos a mañana.

— Eeehhh, sí, sí claro, mi teniente. Ya voy, déjeme ir hasta allá atrás un momentico a… usted sabe, a…

— A cagar, Rodrigo, a cagar — le gritó por lo bajo el joven, molesto de que todos pensaran que se las daba de intelectual y fino.

Guzmán Castillo esperó a que el oficial desapareciera al doblar un recodo del campamento y, tras cerciorarse de que nadie más lo observaba, se dirigió hacia un macizo de arbustos que rodeaban la parte trasera de los bohíos – hospitales.

— Usted lo dijo, teniente — señaló para si — Si llegan a mañana.

Una débil luz parpadeaba entre la enramada de los árboles encorvados. El tenue destello blanco titilaba de forma intermitente más allá de los matojos, apareciendo y desapareciendo mientras se acercaba a ellos, iluminando el monte con un aura fantasmal.

Al principio, Guzmán Castillo apenas fue capaz de ver nada, pero poco después percibió los contornos de una figura acuclillada sobre unos signos informes. Una vela churrosa se agitaba bajo el soplo de la brisa nocturna, su tenue luz iluminando los rasgos de un hombre ya entrado en años, recio y negro como un tizón.

— Mal rayo me parta — masculló al descubrirlo — ¿Qué coño hace el haitiano de mierda ese a estas horas de la noche?

La vieja figura acuclillada sobre el moribundo fulgor era uno de los personajes más famosos de la pequeña tropa; nadie sabía nada de su pasado ni cuál era su verdadero nombre, solo que se había unido a la partida del capitán Coronado casi desde el principio de la guerra. Todos lo llamaban mosiú Bertrán, que era una de las pocas palabras que podían entender cuando les hablaba en su mezcla de creole y español chapurreado.

También era harto conocida la adhesión al vudú de su país natal, como evidenciaban sus constantes y, en opinión de la mayoría, insoportables prácticas; el negro Castillo, que algo sabía de eso, incluso afirmaba que era un alto sacerdote, o asogwe houngan, como le decían ellos allá en Haití.

— ¿Gouzuman? — se asombró el viejo haitiano con voz ronca — Bonswa, ¿kijan ou ye?

— Mira que te lo han dicho veces, Bertrán, y tú como si nada. Aquí nadie entiende esa jerigonza tuya, compadre — negó con la cabeza, irritado — ¿Todavía sigues jodiendo con tus brujerías?

— Loas… inquietos… Se pa fasil, saberlo — el haitiano acompañó sus palabras con un gesto incomprensible — Muerte… afuera, Gouzuman pa vle ale.

— La Virgen y todos los santos me libren de esas cosas de negros brujos. Quítate del medio anda, que me estoy cagando.

Por toda respuesta Mosiú Bertrán se inclinó sobre sus símbolos y agitó unas semillas, produciendo un apagado rumor que reverberó entre los árboles cercanos. A lo lejos, un relámpago hendió la oscuridad.

Guzmán Castillo miró lo que estaba haciendo e hizo un gesto de asco, escupiendo a la tierra con fuerza.

— Por eso es que este país está así. Y todavía le quieren dar la libertad a los negros, para que acaben de jodernos con su atraso y sus muñecos. Allá ellos.

Mientras se dirigía a la espesura, haciendo crujir las hojas bajo sus pies, miró una última vez por encima del hombro.

— ¿Así que muerte, no? La muerte hace rato que está aquí adentro, ¿tú eres sordo o qué?

Mosiú Bertrán observó como el sujeto desaparecía entre los matorrales y permaneció en silencio durante unos segundos, impertérrito ante el embate de las nubes de mosquitos. Luego se incorporó con una flexibilidad sorprendente para un hombre de su edad y se encaminó hacia al campamento.

— Fami mwen, peligro — comenzó a recitar — Muerte, non, non, muerte, se mwen, non, non…

Mientras tanto, Guzmán Castillo avanzaba entre los matojos silvestres, cerciorándose de que nadie lo siguiera. El viento comenzaba a flagelar sin piedad los gajos de los árboles, y su terrible rugido lo envolvía implacablemente. Escuchó el carraspeo de los animales, el ritmo del forcejeo de la arboleda. Allí permaneció durante un rato hasta que se percató de que algo se aproximaba.

Unos pequeños ruidos, como la respiración siseante de un depredador invisible, lo pusieron sobre alerta. Empuñó el revolver que en todo momento llevaba consigo y esperó, sin saber qué hacer. No podía llamar ni tampoco hacer ningún movimiento brusco porque no sabía de quién podría tratarse, por lo que se movió en dirección al punto donde había percibido los sonidos, avanzando hacia donde la vegetación era más espesa y sombría. De repente resonó una voz a menos de un metro de distancia.

— ¿Quién vive?

Guzmán Castillo se sobresaltó un poco al escuchar el inconfundible martilleo de un fusil.

— España — dijo tratando de hacerse escuchar por encima del bullicio del monte — Soy Guzmán.

Tres hombres jóvenes aparecieron detrás de unas rocas cubiertas de hiedra. Llevaban los sombreros de paja y los uniformes azules y blancos que los identificaban como miembros del ejército regular. Al llegar al claro vacilaron un momento y se detuvieron, mirando fijamente a Guzmán sin dejar de apuntarle con sus fusiles.

Pasó un largo segundo en el que nadie se movió, en el que se entabló una comunicación confusa y muda hasta que se escuchó el crujido del follaje reseco violentamente pisoteado. Un hombre enjuto y nervudo brotó de las sombras y los detuvo.

— Bajad las armas, joder, que es Guzmán ¿o estáis ciegos de puñeta?

— Discúlpenos, capitán, pero es que como somos nuevos… Ya nos habían avisado de que teníamos un espía rondando por ahí y…

— ¡Callaos de una puta vez y retornad a vuestro puesto! — tronó el oficial — Y estad preparados, que pronto atacaremos.

Mientras los nerviosos soldados cumplían la orden, Guzmán se acercó con recelo, habían estado a punto de meterle una bala en el cuerpo.

— Pal carajo, capitán Quintana, a ver si pa la próxima les avisa, que por poco me cosen a tiros.

— Mientras menos se sepa mejor, Guzmán. Y ya está bueno de majaderías, bastante tengo con estos malditos chiquillos que me siguen mandando a paletadas. A lo nuestro, ¿está todo preparado?

— No sospechan nada, todavía no han podido sacarse de la mollera la paliza de ayer. Los van a coger mansitos, mansitos.

— Perfecto — Quintana consultó un reloj de bolsillo a la luz de un rayo de luna pasajero — Entonces mejor nos apuramos, parece que va a llover y no quiero que nos mojemos, mala cosa esa y luego las calenturas son del diablo.

Guzmán Castillo se echó hacia un lado mientras el capitán español impartía las órdenes pertinentes. Alrededor de sesenta soldados comenzaron a moverse en silencio, amparados solo por la débil luz de unos faroles. Antes de perderlos de vista corrió hasta el lugar donde Quintana supervisaba la marcha.

— Capitán, este… hay un favorcito que quisiera pedirle.

— Para favores estoy yo ahora hombre, ¿de qué se trata?, y hable rápido que esto no es un juego.

— Usted verá, hay un negro entre los insurrectos, un haitiano, que lo tengo metido aquí — se colocó un dedo entre las cejas — Si pudieran dejármelo vivo, no sé… es que le he cogido una roña…

— Ya veremos Guzmán. Como están las cosas, alégrese de que podamos encargarnos de esos facinerosos como Dios manda.

— Puerca guerra — dijo alguien entre la fila raspándose el fango de las alpargatas.

Guzmán Castillo esbozó una sonrisa mientras los últimos quintos desaparecían, engullidos por la oscuridad. Aquella partida de negros estaba condenada, el capitán Manuel Quintana se encargaría de eso; su falta de mundanidad, esa cualidad que hacía desconfiar a algunos, le inspiraba la tranquilizadora sensación de que ninguno escaparía.

Permaneció a la espera, preocupado por los relámpagos que centelleaban cada vez más cerca. Aunque conocía el terreno como la palma de su mano quería cerciorarse de que habían tenido su merecido.

Pasó un rato sumido en un silencio tan completo como el resto de la noche, mordiéndose los nudillos con aire meditabundo. Media hora después se oyó un murmullo de aire desplazado bajo el canto de una lechuza. No fue muy alto, pero los animales que se encontraban en su camino levantaron la mirada con el pánico de una presa.

En los intersticios entre los árboles, junto a los saledizos de roca, se extendía un encaje de luna que pronto desapareció, eclipsada por los gruesos nubarrones. Entonces se sintió el tamborileo de los gruesos goterones que comenzaban a caer, convirtiéndose en un aguacero con todas las de la ley.

Allá en la lejanía se escucharon gritos y maldiciones.

Los disparos vinieron un poco después.

 

Las afueras del ingenio abandonado eran una extensión de hierba salpicada de muros ajados por la intemperie, y de cuando en cuando, por tocones frescos de los árboles talados. Desde el cobertizo Guzmán Castillo no alcanzaba a ver el mar, pero sentía que estaba muy próximo. El olor de la sal impregnaba el viento que soplaba desde el este.

Los hombres de Quintana habían llegado un rato antes, jadeantes pero satisfechos. El éxito de la encerrona había sido total y aunque los manigüeros pelearon como fieras arrinconadas, las descargas cerradas de fusilería y varios asaltos a la bayoneta habían bastado; el cansancio y el hambre se encargarían del resto. Además, solo unos pocos habían escapado al monte, entre ellos, el odiado haitiano. Guzmán Castillo vació lo último que quedaba en el fondo de la botella.

— Verdad que Dios le da barba a quien no tiene quijá — pensó — Si yo hubiera estado ahí otro gallo cantaría, la zafra se iba a quedar chiquita al lado de la cantidad de machete que ese negro asqueroso iba a coger.

Pero bueno, había valido la pena. Ahora mismo muchos de ellos yacerían, muertos o agonizantes, en medio de la manigua. Sacudió la cabeza al pensar en aquel despilfarro de vidas y dirigió una mirada de reprobación hacia las luces del pueblo cercano. Nunca deberían haberse alzado, aquello era cosa de locos. Dejando a un lado el simple hecho de que, en el mejor de los casos, su conocimiento del terreno fuera superior, España los aventajaba en hombres, recursos y material bélico.

Además era obvio que lo de darle la libertad a los esclavos nunca funcionaría.

Para empezar, aquellos pobres negros no sabrían que hacer con su independencia y solo se dedicarían a desvalijar a los humildes ciudadanos que, como él, se rompían el lomo para ganarse dos o tres pesos.

Pero ya no había remedio, el mal estaba hecho. Suspiró con exageración y se envolvió en la vieja frazada, la lluvia había cesado pero el frío y la humedad aumentaban por momentos. Había sido una larga noche, cargada de disgustos y malos ratos; decidió dormir hasta que amaneciera para luego coger el dinero que le debían y largarse de allí para siempre.

Alzó la luz titilante del farol que parecía danzar sobre las paredes, haciendo que los rostros de los santos casi parecieran vivos. Les dedicó un breve rezo en busca de la protección para el nuevo día. Entonces una ráfaga de viento entró por la puerta, el fanal chisporroteó y su luz se esfumó en un resplandor anaranjado.

El humo hizo que le escocieran los ojos. Se los frotó con las manos llenas de tizne y miró al cielo.

— ¿Será posible que vaya a llover de nuevo? — se preguntó, incrédulo, ante la terquedad de la naturaleza.

De pronto escuchó unos gritos ahogados que provenían de los barracones del ala izquierda, por un momento creyó que había sido una mala pasada de su cansada mente pero luego volvió a sentirlos. Poco después el estampido de un disparo desgarró el sosiego de la noche.

Maldiciendo para sus adentros salió a ver que sucedía. No había terminado de ponerse la camisa cuando resonó un alarido, esta vez de rabia y dolor, sofocado de inmediato por un jadeo de muerte.

No había más que una lámpara encendida pero pudo ver un confuso agitarse de formas, un centellear de hojas que asaeteaban la oscuridad y a continuación también chillidos y estertores de agonía.

— ¿Había otra banda por los alrededores? — murmuró, confundido — ¿Cómo no me enteré de eso?

Los sonidos de la refriega llegaban amortiguados por la distancia, aunque desde su posición se oía con toda claridad un ruido más peligroso: el de un sinnúmero de gargantas enfurecidas. Un soldado español medio desnudo apareció de improviso, tratando de aplacar el surtidor de sangre que le brotaba del hombro destrozado.

— ¡Demonios del infierno! — aulló con fuerte acento galaico, las fauces desencajadas — ¡Santiago Apóstol nos proteja!

— ¿Álvaro? ¿Pero qué coño está pasando?

No obtuvo respuesta, el asustado gallego continuó corriendo sin parar por el camino de tierra, rechazando las mil y una diabluras de Satanás y sus lacayos, tropezando varias veces hasta desaparecer. Por un momento Guzmán Castillo no supo que hacer, empuñó su Colt y pensó en escapar hacia el pueblo. Entonces divisó la silueta inconfundible del capitán Quintana, sable en mano, seguido de cerca por una veintena de sudorosos quintos.

— ¡Guzmán! — gritó al verlo, tratando de contener la rabia que le embargaba — Usted y yo vamos a hablar largo y tendido cuando esto termine. Me aseguró que no había más insurrectos operando en la zona.

— Y no los había — se excusó Guzmán — Se lo juro por mi madrecita capitán.

— No jure usted en vano, hombre – masculló el oficial lanzándole una mirada de desprecio — Y ahora me hace el favor de ir con nosotros para averiguar de qué va esto.

— Pero… óigame mi capitán… yo no…

— ¡Villamil! — aulló Quintana señalando a un bigotudo soldado — Cerciórese de que el señor Guzmán nos acompaña de buena voluntad, o tal vez quiera discutirlo en un calabozo o mejor, frente al pelotón de fusilamiento.

Guzmán Castillo tragó en seco y se dejó llevar. El grupo se acercó al lugar del que provenían los gritos. Era evidente que se trataba de un ataque por parte de los mambises; el fogonazo de un disparo iluminó el área circundante y el asustado hombre reconoció un sombrero de yarey con el ala pegada a la copa, la escarapela de la República en Armas reluciendo por un instante. El lugar se había convertido en un hervidero de cuerpos sangrantes.

De improviso un escalofrío le recorrió la espalda, acababa de reconocer a uno de los miembros de su antigua tropa, un tal Eutanasio, en el momento que abatía a uno de los soldados que todavía luchaban. Y lo que era peor, lo había hecho a mordidas, arrancándole la carne a sangre fría.

— ¡Mi capitán! — vociferó un joven suboficial, pálido como un muerto — ¡Algo malo pasa con esta gente, nos están masacrando, joder!

— ¡A retirarse! — rugió Quintana — ¡Hacia la cerca!

Los pocos sobrevivientes se unieron a los rezagados que llegaban de los barracones. Como pudo, el capitán español los agrupó hasta alcanzar el lugar en cuestión, un viejo muro de piedra medio derruido que rodeaba aquella sección del ingenio abandonado. Allí pudieron apuntar los Remington hacia el sitio por donde habían aparecido los insurrectos, aunque en ese momento no se veía a ninguno.

— Hay algo malo con esa gente — siseó el sargento — Yo mismo le descargué un buen par de tiros a uno de ellos en la boca y casi que me escupe la bala en la cara. ¡Y su forma de luchar! ¡Jolín, macho! Estos criollos llevan el salvajismo al límite, ¡mordidas y arañazos! No, si te digo que…

— ¡Cállese Novoa! Bastante cobarde es ya esta partida de imberbes supersticiosos para que venga usted a asustarla con sus estúpidas confusiones — le conminó Quintana.

Guzmán Castillo pensó en decirle lo que había visto pero luego desistió. Tal vez no había sido más que una alucinación de su enervado cerebro. De repente llegó hasta ellos el gruñir de muchas faringes. Un sinfín de sombras se alzó del demolido barracón, echando a andar con paso torpe.

— ¿Se han vuelto locos o qué? — se sorprendió el capitán — Atención, preparados para disparar a mi señal.

Había algo antinatural en la forma en que se movían los atacantes, bamboleando levemente los cuerpos hacia los lados como un retoño de caña sacudido por el viento. Se habían acercado tanto a la tapia que se podían ver las ropas ensangrentadas que apenas cubrían los demacrados cuerpos.

Aún no amanecía.

— ¡Fuego! — gritó Quintana.

Fue un estampido conjunto que reverberó en los alrededores, la descarga cerrada de fusilería acribilló la línea de los mambises, que se desplomaron como segados por una hoz invisible. Varios suspiros de alivio se levantaron entre los hombres, muchos comenzaron a reír y a darse palmadas en la espalda pero el gesto se les petrificó en el rostro cuando descubrieron lo imposible: los caídos estaban comenzando a levantarse con lentitud.

— ¡Por allá! — avisó un soldado — ¡Más insurrectos!

Una masa confusa de hombres había brotado del monte por el sur y se dirigía hacia ellos con la misma funesta parsimonia. Los españoles cayeron de rodillas y se cubrieron las cabezas con los brazos, aunque muchos no habían sufrido daño alguno. Dispararon una docena de tiros a la buena de Dios; disparos perdidos, pensó Guzmán con desesperación.

— ¡No podemos luchar contra los muertos! — gimió uno de ellos.

— ¡Los muertos están muertos! — replicó Quintana con violencia — ¡Como van a estarlo ustedes, partida de miserables, si no obedecen lo que les digo!

Guzmán quiso creerle pero no pudo. De repente todo le parecía diferente, la oscuridad tenía un matiz que le erizaba el vello. Soplaba un viento gélido del norte, que hacía que los árboles susurraran como si tuvieran vida propia.

Entonces todos los vieron: eran hombres desfigurados y flacos como los huesos viejos, con carne pálida como la leche. Su piel parecía cambiar de color cada vez que se movían; en un momento dado era blanca como el interior de un coco, al siguiente negra como las sombras, o salpicada del oscuro verde grisáceo de los árboles. Con cada paso que daban, los juegos de luces y sombras danzaban como la luz de la luna sobre el agua.

Guzmán se percató de que estaba recitando un antiguo rezo mientras acariciaba espasmódicamente el crucifijo, tenía la voz chillona como la de un niño. El viento había cesado. Hacía frío, mucho frío.

Los espectrales caminantes se deslizaron adelante con pasos silenciosos y se detuvieron a unos metros del improvisado parapeto, muchos blandían machetes mellados. Les vio los ojos; vacíos y oscuros como la sangre coagulada.

Un grito despertó ecos en el bosque nocturno, los recién llegados se adelantaron al unísono, como si les hubieran dado alguna señal, y salieron disparados como una lluvia de agujas. Guzmán cayó de rodillas entre gritos, y se tapó los ojos. La sangre manó entre sus dedos.

Los machetes se alzaron y descendieron en un silencio sepulcral. Fue una carnicería sin ira. Las hojas herrumbrosas hendían las carnes como si fueran seda. Guzmán cerró los ojos. Sobre él, sonaban voces y risas agudas como carámbanos.

Cuando reunió el valor necesario para mirar de nuevo, todo había terminado. Un terreno enlosado de cadáveres aún calientes le rodeaba por todas partes, sus asesinos permanecían mudos, mirándole sin ver con sus ojos muertos. Entre ellos reconoció al subteniente Rodrigo, su rostro adornado por un disparo en el ojo, boqueando una y otra vez sin cansarse.

Entonces una figura cubierta de collares de semillas se abrió paso entre las filas de sus antiguos compañeros, cojeando con lentitud. Los últimos rayos de luna destellaron sobre su piel de ébano. Luego escuchó su voz.

— ¿Gouzuman? Tú no sé fami mwen. Tú sé chen. Yo sé amí. N a wè, Gouzuman….

Mientras mosiú Bertrán hablaba y sus acompañantes se le echaban encima, Guzmán Castillo no dejó de escucharlo. Si en ese momento alguien le hubiera preguntado qué le estaba diciendo, hubiera jurado que era algo sobre la muerte. Sobre cómo se te mete dentro y empieza a invadirlo todo, y al final no se tienen fuerzas para combatirla, es más fácil sentarse, o echarse a dormir. Primero se está débil y amodorrado, y todo se vuelve nebuloso, y luego es como hundirse en un mar de leche tibia.

Muy tranquilas las cosas.

Pero claro, solo podía suponerlo. Después de todo nadie había entendido nunca aquel revoltijo de creole y español que hablaba el viejo haitiano.


2 commentarios

Hutmacher · 13 mayo, 2016 a las 8:48 am

Me parecio muy interesante el cuento, sobre todo mesclar mambises y zombies, nunca me lo hubiera imaginado

    imaginarios · 13 mayo, 2016 a las 1:40 pm

    Muchas gracias, la idea es ultilizar las ideas clásicas con lo nuestro, que muchas veces se olvida. Un saludo y continúa pasando por aquí.

Responder a Hutmacher Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *