Este cuento pertenece a una serie de fantasía heróica ambientada en un universo personal de carácter selvático y tribal, basado en las mitologías precolombinas. Espero que les guste y, por favor, dejenme sus cometarios.

Hermana sin alas

Porque Aleian era un sueño inalcanzable para todos aquellos incapaces de desplegar las alas y volar hasta él.
Laura Gallego

Querida mía, no puedes imaginarte las lluvias que caen sin cesar. Las odio, las odio con toda mi alma. No se parecen en nada a las que teníamos en Yalavac, estas son frías y oscuras, y hacen daño. Además, el terreno no las absorbe, aquí todo crece maltrecho, anegado, enfermo. Cuando me uní a los Espíritus sin Marcas creí que era para defender nuestro honor. Que perseguiríamos a los salvajes hasta más allá de los montes. Quiero decir, que creía que lucharía. ¡Quiero enfrentarme al enemigo, no estar sentada, esperando! Hacemos guardia, patrullamos, pero solo esperamos.
Es cierto que hay rumores. Algo salió de los pantanos del sur, en Río Shiaj. Dicen que son enjambres de bestias que echan abajo aldeas y devoran todos sus habitantes. También pasan cosas extrañas un poco más al norte de nuestra posición, han desaparecido algunas compañías en las colinas, se ha perdido el contacto y no se sabe nada. Extraño nuestras cumbres, el soplo del viento en el rostro. Lo más seguro es que me quede aquí en esta húmeda empalizada y muera de aburrimiento antes de avistar al enemigo. Desconozco lo que nos tiene deparado el destino. Solo sé que volveremos a encontrarnos, hermana mía. Espérame, Nacsa, en este mundo o en el próximo.
Espérame.
La carta había sido encontrada en un recodo del camino, manchada de barro y maltratada por los elementos. Desafiando la mordedura implacable del tiempo, flotaba sobre un charco de barro, como si la mano caprichosa de un dios la hubiera dejado caer allí por casualidad.
¿Acaso fue aquel poder sobrenatural el mismo que permitió que, justo en ese momento, un apurado mensajero de los reinos montañosos del sur se fijase en la arrugada vitela que yacía perdida sin remedio para el resto de la humanidad?
Tal vez.
En cualquier caso, no me corresponde a mí determinarlo si bien sería justo remarcar lo evidente: esa noche fue traspasada la línea invisible, esa que separa los sucesos intrascendentes de las pequeñas cuestiones escapadas del azar porque ¿quién lo duda? aquel “casual” descubrimiento permitió que al fin yo, Chac Atabay, pudiera discernir la inextricable madeja que mantuvo oculta la verdad durante tanto tiempo.
La verdad… ¿Cuál verdad? La única que, una vez apartadas las habladurías y limpiado el polvo de la incertidumbre, pudo revelarme el destino de Lesla.
Lesla, mi Lesla.
Aquella niña que nunca se conformó con la tibia dureza de la tierra bajo sus pies. Que anheló sentir, desde el mismo momento en que sus ojos se abrieron, el frío soplo del viento tempestuoso en su rostro. Aquella que quise a mi tonta manera, aunque mi pasión no fuera alivio suficiente para colmar su espíritu irredento.
Los años han pasado y el deseo juvenil ha quedado atrás, mas no así su recuerdo. Apoyo los codos en un ventanuco y miro hacia el este. La silueta del cerro de Xul´kesh me devuelve la mirada. El viejo lugar que ella tanto amó. El hogar de su devoción.
El hogar de Nacsa.
El cerro tenía muchos nombres que se remontaban a los albores de la humanidad. Ya desde mi niñez había escuchado las historias, transmitidas a través de las generaciones y como tal, revestidas de falsedad. De cómo los pastores nómadas de las planicies meridionales lo llamaban Ut-Hamat, el Nido Hogar, pues en tiempos de inundación conducían a sus rebaños al norte para resguardarse al pie de la amplia falda oriental. Y a medida que transcurrían los siglos y las tribus prosperaban, su relación con la montaña cambió; ésta se convirtió en Agda-Rhitl, el Trono de Igualdad, donde los agravios se resolvían en juicios de sangre.
Hasta que llegó la terrible noche en la que la piedra cayó del cielo, y el nombre del collado cambió una vez más. Algunos la vieron trazando un arco como una silbante lanza de fuego carmesí. Cuando chocó contra la montaña el estruendo pudo oírse en kilómetros a la redonda; la fuerza del impacto retumbó en las laderas y derrumbó poblados al otro extremo de los Ocho Lagos.
La gran aldea de las tribus quedó devastada. Cientos de personas murieron y cientos más sufrieron horribles enfermedades y malformaciones en los meses posteriores. Los supervivientes miraron con una mezcla de asombro y terror hacia la reluciente columna de polvo y ceniza que se alzaba de la gran herida abierta en la ladera.
La destrucción fue tan repentina, tan terrible, que sólo podía tratarse de la obra de un dios iracundo. Al día siguiente, el sumo cacique y su familia subieron por la pendiente, se inclinaron ante el cráter y le ofrecieron sacrificios a la piedra celeste a fin de que su gente sobreviviera. Luego abandonaron a toda prisa el nefasto sitio. Agda-Rhitl se convirtió en Xul´kesh: la Furia de los Cielos.
Se piensa que fue en ese tiempo cuando aparecieron las primeras Haka`ix, las mujeres emplumadas capaces de remontar los caminos del cielo. Nadie sabe de donde habían llegado ni cuál era su tierra natal, solo que arribaron en grandes cantidades. A decir verdad, muchas son las historias que se tejieron en torno a ellas. Se decía que podían ahondar el pasado y ver en el futuro. Yo he intentado separar la realidad de la superstición mas algo es cierto: sus artes mágicas fueron y están más allá de nuestra capacidad mortal para comprenderlas.
Y poco después, como atraídos por su presencia misteriosa, Xul´kesh comenzó a recibir nuevos pobladores.
Primero regresaron las hordas de los descendientes que habitaron a su sombra muchos años atrás. Los que otrora habían temido a la piedra celeste comenzaron a venerarla y se nombraron los Yugahur – los Perseverantes – y, con el paso del tiempo, sus sacerdotes aprendieron a invocar el poder que latía en el aerolito para ejecutar terribles actos de hechicería, ofreciéndole sacrificios al monte y enterrando a sus muertos a los pies del mismo.
Casi al mismo tiempo apareció otra tribu, compuesta en su mayoría por mujeres. Se decían descendientes de una diosa que habitaba el Xul`kesh y durante siglos habían vivido creyendo que la montaña era un lugar desolado y embrujado, envuelto por los vapores exudados por la piedra enterrada en su corazón y protegido por las demoníacas Haka`ix. Ahora habían retornado, amparadas por una supuesta herencia divina, para reclamar lo que era suyo.
No hay que ser un experto en las delicadas artes de la política y la diplomacia para saber que aquella confluencia de pueblos pronto chocarían entre sí, arrastrados por sus credos y pasiones.
Inevitablemente, la guerra se extendió a través de las generaciones. Los cazadores entre los Yugahur se convirtieron también en sus guerreros; las Haka`ix aprovecharon su dominio del aire y descendieron sobre sus enemigos, envueltas en magias tormentosas; las Hijas de la Diosa pelearon tan ferozmente como los demás para defender sus vidas.
Al final fueron las Haka`ix, tal vez con la sabiduría propia de una raza antigua y decadente, quienes dedujeron que nadie podría ganar. El resto de las fuerzas beligerantes, quizás cansadas de la guerra, también querían ponerle fin al conflicto. Fue así como se llegó a un entendimiento entre los gobernantes de los tres linajes el cual, si bien no fue definitivo, al menos permitió el establecimiento de una paz más o menos duradera.
Aquello fue lo que nos contaron nuestros abuelos. Aunque habían transcurrido muchos años y varias de las Hijas de la Diosa se habían casado con hombres de nuestro pueblo, los viejos odios todavía perduraban. Los Yugahur no perdonamos con facilidad, es el defecto, casi un vicio, que nunca pudimos superar.
Fue por ese tiempo que conocí a Lesla. Era una chiquilla menuda, de cabello color óxido y rasgos angulosos. Su padre era uno de los nuestros, uno de los pocos que había decidido abandonar la aldea en favor del hogar de su esposa. Cuando la vi por primera vez estaba subida, como siempre, en un árbol, y se burlaba de otros chicos que en vano se esforzaban por imitarla.
Debo aclarar que aquello era bastante normal en esa época pues, aunque por lo general a los niños de ambos poblados se nos impedía jugar juntos, la prohibición no estaba revestida de la severidad que conocemos hoy día.
Lesla adoraba escalar cualquier obstáculo que se interpusiera en su camino, mientras valiese la pena alzar la vista para admirar la totalidad del espacio que abarcaba. Su madre decía a menudo que ya trepaba antes de empezar a andar. Años después ella me diría que no recordaba cuándo aprendió a andar, pero tampoco recordaba cuándo trepó por primera vez, así que suponía que era cierto.
Era un dolor de cabeza para los encargados de cuidarla. Muchos pensaban que no sobrepasaría las ocho primaveras, subida como estaba siempre en la cúspide de los monstruosos árboles de ramas nudosas y retorcidas raíces, profundamente hundidas en las laderas del monte.
Una vez consiguieron que les prometiera que no volvería a trepar. Lesla se las arregló para mantener su promesa durante quince largos días; en todos se sintió profundamente desgraciada, hasta que una noche la encontraron durmiendo a pierna suelta entre las ramas más elevadas del pino más alto del bosquecillo que rodeaba su aldea.
No entendían el amor que sentía por las alturas, decían que era algo antinatural. Pero poco a poco dejaron de hacerle caso, comenzó a pasar desapercibida. Ésa era otra de las cosas que le gustaban de trepar: se sentía casi invisible. La gente nunca miraba hacia arriba
También disfrutaba la sensación de auparse por los farallones, piedra tras piedra, buscando las grietas entre ellas con los dedos de las manos y los pies. Disfrutaba con aquel dolor profundo y dulce que le invadía después los músculos. Le gustaba el sabor que tenía el aire en la cima, dulce y fresco como las frutas del sur. Le atraían también los pájaros: los diminutos colibríes que anidaban en las grietas entre las piedras, los viejos búhos que dormitaban todo el día… la niña los conocía a todos.
Y, más que nada en el mundo, le gustaba estar en lugares a los que nadie más podía ir, y acercarse a las Haka`ix, algo que nadie en su sano juicio se habría atrevido a hacer.
Antes he dicho que, a pesar de las viejas rivalidades entre los Yugahur y las Mujeres de la Diosa, habíamos aprendido a convivir de cierta y delicada manera. Pero con las mujeres aladas no sucedía lo mismo. Tal vez era la desconfianza que provocaba su extraño físico o el miedo engendrado por la magia que les permitía controlar los vientos; lo cierto era que a pesar del pacto propuesto por ellas mismas, cierto recelo hacia las Haka`ix no había desaparecido sino que parecía aumentar con el paso de los días.
Tanto era así que muchos proferían maldiciones o conjuros cuando percibían sus esbeltas figuras surcar los cielos y, en las noches, las viejas asustaban a los niños con terroríficas historias sobre la crueldad de las mujeres – pájaro, amenazándolos con llamarlas ante sus negativas a dormir.
Por ese motivo, y aunque Lesla nunca tuvo muchos amigos, nadie quiso acercarse a ella después que comenzó su atracción hacia las odiadas criaturas. Creo que fue aquella la razón por la que nuestra amistad floreció: a través de los tiempos han sido los marginados de cualquier clase los que más afinidad natural sienten hacia sus semejantes.
Por aquel entonces yo era uno de los rechazados que siempre se encuentran en cualquier comunidad humana. Mientras la mayoría de los chiquillos preferían jugar a golpearse entre sí con palos, simulando una guerra entre clanes, yo optaba por la lectura, echado cómodamente bajo la sombra de un árbol.
Debo aclarar que nuestro pueblo nunca fue muy letrado, éramos descendientes de una raza de salvajes y como tal nos comportábamos. Por fortuna todavía podían encontrarse a unos pocos viejos, gastados y olvidados, que se dedicaban a registrar los acontecimientos del pasado, una especie de “cronistas” anónimos. Gracias a estos aún se conservaban algunos fragmentos de viejos manuscritos.
Desde pequeño siempre me fascinaron las historias que dormían en el interior de los códices, a la espera de que alguien volviera a desencadenar los acontecimientos inmortalizados en sus gastadas letras. Felizmente uno de esos ignotos historiadores, el anciano M`bal, me había enseñado a leer y escribir ante el continuo interés que yo demostraba por sus viejos pergaminos.
Mi sueño era visitar algunas de las ciudades que rodeaban la orilla del Lago Dhambea, sobre todo Nueva Calanakbe, donde se decía que existía una biblioteca tan grande como las pirámides que la hacían famosa. Por eso no era de extrañar que no fuera muy popular ni entre mis coetáneos ni entre sus padres, más preocupados por el desarrollo del belicoso espíritu de su prole que por el aumento de sus conocimientos.
Fue así como nos conocimos. Mientras Lesla se afanaba en alcanzar las más altas cimas de los árboles, yo leía bajo sus ramas, esquivando los gajos que ocasionalmente se desprendían al chocar con sus pies desnudos. A veces conversábamos de temas intrascendentes aunque en honor a la verdad ella no era muy habladora y la locuacidad nunca ha sido una de mis virtudes. Cuando mis ojos se fatigaban y el follaje no la ocultaba por completo podía observarla, hipnotizado por la manera en que se habría camino hacia las alturas.
En una ocasión le pregunté sobre las mujeres – pájaro. Quería saber sobre su forma de vida, sus costumbres, y si eran ciertos los relatos sobre la supuesta crueldad que las identificaba. No pudo decirme mucho pues solo las había observado desde lejos, no obstante me aseguró que aquellas historias eran falsas del todo. Simplemente eran diferentes, nada más.
Así transcurrían nuestras jornadas, matizadas por la inocencia de la niñez primero y la pasión de la adolescencia luego.
Hasta aquel día.
Innumerables lunas habían teñido de plata el cielo pero las noches sobre Xul`kesh eran igual de oscuras. Ambos habíamos crecido pero nuestras aficiones permanecían inmutables. Ahora yo me dedicaba a localizar a los viajeros y comerciantes que rara vez solían aventurarse en nuestro territorio y, siempre que existía la posibilidad, adquiría nuevos y mejores volúmenes de historia.
Por su parte, Lesla ya no se conformaba con los árboles. Coronaba los más abruptos collados, imponiéndose retos cada vez más difíciles. Aunque las magulladuras cubrían su cuerpo como una segunda piel y sus manos se habían vuelto recias y callosas, yo la encontraba incluso más hermosa que antes, algo en lo que el resto de los muchachos parecía discrepar. Ellos preferían a las otras chicas, guerreras y cazadoras también, pero delicadas y graciosas a su manera.
Femeninas, en otras palabras.
Un buen día, Lesla desapareció. Algunos decían que la habían visto por última vez dirigiéndose a la cima del Xul`kesh, justo en la dirección en que se encontraban las moradas de las Haka`ix. Aunque todos conocían la extraña atracción que las criaturas despertaban en ella, les extrañó su repentina ausencia. Lesla se sentía como una forastera entre las suyas pero, muy a su pesar, seguía siendo una de las Hijas de la Diosa.
Su desaparición despertó algunas voces que, airadas, proclamaban que las harpías la habían matado y que debían de pagar por ello. Por supuesto, aquello solo era una excusa que pretendía avivar los viejos rencores para volver a desatar la guerra contra sus antiguas enemigas.
Pero los más ancianos, y por fortuna los más sabios también, todavía recordaban los horrores del pasado, así que la razón se impuso por una vez. Se conformó una delegación con representantes de ambos pueblos y se trató de averiguar qué había sucedido.
Para nuestra sorpresa, igualmente las Haka`ix se encontraban extrañadas por la desaparición de Lesla, a cuya presencia habían llegado a acostumbrarse debido a su constante merodear por los alrededores. Peor aún, tampoco ellas encontraban por ninguna parte a una de las suyas, una joven llamada Nacsa, y algunas temían que les hubiera ocurrido algún fatídico accidente. Mientras las buscábamos descubrí que las desaparecidas eran amigas y no pude hacer menos que asombrarme; Lesla era el primer ser humano que había llegado a tener algún tipo de relación afectiva con una Haka`ix.
Durante el resto del día nos enfrascamos en una búsqueda tan ardua como vana, pero cuando ya la noche amortajaba la cima del monte, nuestros esfuerzos fueron coronados por el éxito. Lo que encontramos nos sorprendió a todos sin excepción. Lesla colgaba de un precipicio, su hombro sangrando profusamente, mientras aferraba con tozudez a Nacsa, cuyas alas lucían completamente destrozadas.
No sé cuánto tiempo hubieran podido aguantar, creo que llegamos en el último momento. Más tarde nos enteraríamos de que un jaguar de las montañas las había atacado mientras conversaban sentadas al borde del abismo. Lesla había permanecido colgando todo ese tiempo a pesar de sus heridas, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no dejar caer a la joven alada.
De aquel episodio, algunas cosas quedaron grabadas a fuego en mi mente. Primero, que a pesar de haberla salvado, Lesla apenas nos prestó atención; parecía distante, ajena a sí misma e increíblemente eufórica por lo que había hecho. Y segundo, que poco antes de regresar a nuestros hogares, Nacsa le dijo algo que modeló una sonrisa desconocida sobre su rostro.
En esa ocasión no comprendí sus palabras pero ahora que he estudiado el lenguaje de las Haka`ix, percibo un atisbo de las profundas emociones que despertó aquel agradecimiento:
Ahora somos hijas del viento, unidas por un vínculo mayor que la sangre que antes nos separó. Desde ahora y para siempre, Hermana sin Alas.
En ese momento desapareció Lesla de la Tribu de la Diosa y resurgió… no creo ser capaz de encontrar un nombre que defina la transformación. Ya no percibía el mundo en realidad, perdida en sueños de vuelos sobre las nubes, sin percatarse de que estas le impedían contemplar lo que sucedía a ras de suelo.
Estaba demasiado lejos como para verlo.
Había abandonado lo poco que la ataba a las suyas y, si era consciente de ello, no le concedía importancia. Solo tenía tiempo para compartir junto a su nueva hermana, a la que idolatraba con desmesura aunque sus alas no presentaran la albura carmesí que caracterizaba a las de las demás, sino que eran de un grana sucio, desvaído; y, en lugar de alzarse con gracia y orgullo, parecían caídas y dañadas.
Sin darse cuenta, cada una buscaba en la otra lo que la naturaleza les había negado. Los movimientos de Nacsa se tornaban más bruscos y enérgicos de lo que sería deseable en una de su clase; casi más propios de una humana habituada a caminar que de una criatura alada. Su gesto, duro, incluso hosco, contrastaba con los semblantes serenos, casi marmóreos, de las Haka`ix.
Sé lo que se comentó entre los enfurecidos puritanos sobre su improcedente hermandad, nadie comprendió lo que estaba sucediendo. Aquellas difamaciones fueron solo falsedades y nada más, nunca existió ninguna clase de relación carnal entre ellas; lo suyo fue un amor que trascendía las leyes del momento, acaso más estrechas y absurdas que las mentes de sus creadores.
Yo mismo fui arrastrado por el despecho, rechazado una y otra vez por Lesla. No podía comprender que sus deseos, imperfectos mensajeros de su alma, ya no eran humanos del todo. Ella habitaba otra realidad, inalcanzable para mí, donde el sol no quemaba a los que se atrevían a volar bajo sus ardientes caricias.
Y ya casi termino esta extraña crónica de recuerdos aletargados por los años. Más que nada porque el resto solo lo conozco de oídas; ahora sé que nunca debí haberme apartado de su lado, la distancia desfigura los sentimientos, haciéndolos irreales.
Después de eso casi llegué a olvidarla. Pude, al fin, cumplir mi sueño y viajar hasta Nueva Calanakbe, donde por extraña ventura un escriba me acogió bajo su tutela, impresionado por el ardor demostrado en mi estilo de escribir.
Innumerables soles alumbraron el mundo y solo supe de Lesla esporádicamente, cuando algún extraviado coterráneo se encontraba de pasada en la ciudad y podíamos intercambiar una o dos palabras. Su aislamiento era total, cada vez más obsesionada con el quimérico secreto que yacía en las alas de su inseparable compañera: la puerta que abría el camino hacia los cielos.
Fue entonces que comenzó a germinar en mí una desconcertante sospecha, alimentada por aquel insólito comportamiento que había dado tanto que hablar. Mirándolo todo en retrospectiva comprendo que solo fui dominado por mis ínfulas de iluso desconocedor que se cree investido de sabiduría; solo me consuela el hecho de que al final pude comprender, al menos en parte, el relegado anhelo de mi amada Lesla.
Debí haber estado junto a ella, sin importar su rechazo. Me hallaba enfrascado hasta tal punto en mis estudios que, cuando partió hacia la guerra, apenas le presté atención.
Por aquellos tiempos aparecieron los Rakar, la oscura plaga que hacía cientos de años había asolado las selvas del Cem Anhuac. Emergidos de extensas cavernas, se congregaban al llamado de sus líderes en una poderosa hueste. El ejército era tan enorme que no se lo podía contener en un solo lugar. Se extendía por todas partes como un mar de cuerpos de pelaje oscuro, aguardando únicamente una orden para inundar las tierras habitadas.
Los pueblos, libres y esclavos por igual, se vieron obligados a olvidar sus disputas, uniéndose para descollar el alud que amenazaba con engullirlos a todos. Por primera vez en la historia marcharon codo a codo los Yugahur y las Hijas de la Diosa mientras que, sobre sus cabezas, las Haka`ix oteaban el horizonte en busca de las detestables criaturas.
Nueva Calanakbe y las otras ciudades del lago estaban protegidas por sus inmensas murallas de piedra y aun así sobrevivieron a duras penas. No hablaré de los funestos acontecimientos que conmovieron valles y planicies, ni de las miles de personas que perdieron su vida en ellos, tampoco de las batallas que se libraron bajo los árboles gigantes; bastante se ha dicho ya.
Cruel e informe resultó ser la guerra, convertida en bestia insaciable. Solo diré que sus fauces se tragaron a Lesla para siempre. Nunca regresó de las selvas del sur a las que marchó, obligada por la indefectible convicción de su conciencia.
Quisiera pensar que al final encontró lo que tanto anhelaba, levantando el vuelo para desaparecer sobre las nubes, ya no más Hermana sin Alas sino Nacida del Viento.
Porque, a fin de cuentas, era ese su legado, aquel que nadie supo comprender. Desearía que al menos, en algún lugar de mi mente, ella pueda sentir estas palabras. Cierra los ojos, Lesla, donde quiera que estés. Escúchame.
¿Recuerdas aquella fuerza invisible que siempre te sedujo, deseando lo que no podía ser tuyo, arrastrándote hacia un destino desconocido… o, quizás, no tanto?
Te pertenecía, siempre lo hizo. Por eso, si de algo sirve, te digo que al final los viejos pergaminos resultaron ser útiles, a su enigmática y silenciosa manera. Fue en ellos donde descubrí la callada fascinación que unió a las mujeres de ambos pueblos, alado y terreno, al Xul`kesh de tu ventura.
Tal vez sea solo una leyenda, pero sé que percibirás en ella la marca de la verdad. Porque yace dentro de ti.
Fue en el albor de los tiempos cuando la misma Ezhil, la diosa de tu tribu, descendió de su morada para habitar junto a los hombres. Su curiosidad la condujo a muchos y remotos lugares donde, encantada por la belleza de los parajes del mundo, edificó un sinnúmero de moradas donde solía reposar cada vez que así lo estimaba conveniente.
Se desconoce la razón por la que desapareció sin dejar rastro; los cronistas callan con respecto a este punto pero los más atrevidos dicen que, antes de marcharse, acogió en su seno a una raza de mujeres, otorgándoles el don ¿adivinas cuál? del vuelo. No obstante no todas fueron bendecidas con tan significativa gracia, dividiéndose por ese motivo en dos clanes, enemistados para siempre desde aquel entonces.
Permaneció en las menos afortunadas el remanente de aquel deseo tronchado por el capricho divino, la nostalgia de lo que pudo ser suyo.
Nunca te preocupó lo que dijeran porque sabías que no eras como los demás, que la visión de las alas batiendo y remontando la bóveda celeste te había cambiado para siempre. Porque los humanos no entienden de las canciones que entonan los pájaros, ni de las vías secretas que recorren los reinos de las alturas. No comprenden que la soledad pesa, que los gritos al eco en lo alto de las peñas son el lenguaje de los desheredados.
Por eso, querida Lesla, vuela esta vez, aunque sin ser hermana tengas alas. Como en aquel entonces, no te avergüences, porque con tus alas podrás hacer cosas maravillosas.
Y esta vez los necios no dirán nada pero como ellos nunca lo entenderán, es mejor que nadie sepa que siempre fueran tuyas.


4 commentarios

aoisora · 3 abril, 2016 a las 1:02 pm

te aconse jo que agregas la opcion leer mas a las entradas para que no sean tan largas en la pagina

    imaginarios · 4 abril, 2016 a las 3:35 pm

    Muchas gracias por tu consejo, eso haré.

Helly Raven · 21 abril, 2016 a las 2:17 pm

Imaginarios, este cuento es tuyo?? porque está muy genial y la verdad es que si aun no te has presentado en ningún taller o concurso literario, deberías pensártelo, eres bueno…Felicidades, muy bonito el blog, eres bienvenido en el mío siempre que quieras.

Das Vidania

    imaginarios · 21 abril, 2016 a las 4:55 pm

    Pues gracias, y si, ya he me presentado en varios concursos y he obtenido algunos premios. Este camino es duro y paciente, pero poco a poco se ve la luz al final, jajaja. a mi también me encantó tu blog, prometo visitarlo a menudo.

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