Hola a todos. Quisiera presentarles los dos primeros capítulos de una novela que recién comencé a escribir. Me gustaría escuchar sus consejos y opiniones sobre ella, y, si les gusta, pues seguiré subiendo el resto de los capítulos a medida que los vaya terminando. Gracias de antemano.
Hijos de la Penumbra
Prólogo
Todo existimos bajo el dominio de la Penumbra.
La Penumbra es el Ocaso.
Y donde está el Ocaso, los Espectros no andan lejos.
Esas palabras se habían convertido en un mantra en su mente, un recordatorio constante para sus adormilados sentidos. Aún más importante, eran una epifanía, la llave para desbloquear el deseo más antiguo del mundo: sobrevivir a toda costa.
La figura a lomos del vajhitre, apenas perceptible en la creciente bruma, se movíacomo una sombra a través del húmedo terreno.Iba envuelto en un manto pardo, sus rasgos angulosos enmarcados por la capucha gris; sendasdagas de obsidiana colgando desde su cintura.La montura era una criatura a medio camino entre un ave y un reptil, de grandes ojos y cabeza pequeña, algo desproporcionada en relación al cuerpo. Sus largas y musculosas patas delataban su altura, que debía rondar entre los dos metros o más.
Mientras atravesaba las marismas, llenas de setas colosales con brillantes esporas verdes entre la niebla matutina, Khadai se reconfortó con aquellas palabras.Espoleó a su cabalgadura y atravesóun chirriante puente de madera que sorteaba las aguas poco profundas. Se encontró a sí mismo bajo las radiantes láminas de una seta que empequeñecíaal resto.
La mañana era oscura pues el sol apenas si lograba atravesar la niebla. Perosu tenue luz era suficiente para él; ante susojos cada detalle resultaba nítido y claro, el aura de las setas las hacía resplandecer como pequeños soles en la oscuridad.De vez en cuando movía la cabeza y oteaba el horizonte pero sin detener la marcha.
De repente el viento cambió de dirección y comenzó a soplar hacia él.Elanimal resopló y su jinete se puso tenso, luego miró de un lado a otro,soltando chispas por los ojos.El campamento estaba cerca, el aire traía el olor inconfundible de miles y miles de hombres. Descabalgó con un brinco y se echó de bruces sobre la tierra encharcada para fundirse con el paisaje.
Así permaneció durante unos minutospero de pronto se lanzó a correr hasta el cauce de un riachuelo cercano. Al llegar palpó las paredes con sus dedos largos y finos,hasta descubrir como este se introducía por debajo de un arco natural.
Allí encontró la marca. La marca de un Espectro.
Maldijo por lo bajo y continuó, turbado, ocultándose entre la vegetación circundante. Estaba preocupado, pues los Espectros nunca se habían atrevido a acercarse tanto. Aspiró una bocanada del frío y neblinoso aire de la marisma. Tenía miedo.Entonces recordó las palabras de Ysai.
Déjalo ir. Deja que sus gritos se silencien.
Era cierto. No era un cobarde. Una parte de él lo sabía, pero con todo lo que había ocurrido desde entonces, esa parte se había perdido.
Además, Ysai ya no se encontraba a su lado. Y lo que era peor, nunca más lo estaría.
Pero los últimos acontecimientos habían plantado una semilla en su interior. Desde que se había despertado no podía sentir nada más que desesperación y miedo punzante al futuro.
Recordar lo que Ysaihabía hecho, ver a su hermano salir en su defensa y desaparecer engullido por el tumulto de Espectros, agitó un sentimiento en Khadaique creía muerto.
Sintió esperanza. Y eso lo hizo sentirse aún peor.
Con esa nueva expectativa se dio la vuelta y regresó silenciosamente a la ciudad.
1- Llegada
OkanErsenno era un estratega nato, mucho menos un guerrero. Desde siempre había pertenecido a la nobleza, algo que, en años pasados, lo había convertido en esencia en un profesional de las fiestas. Pero no era precisamente un hombre tonto sino todo lo contrario. Pocos nobles en la ciudad poseían una mente tan aguda como la de Okan.
No era extraño que hubiera acabado siendo un político. Siempre le había interesado la doctrina política y, aunque había sido más un teórico que un auténtico estadista, el hecho de saber que algún día gobernaría su propia casa lo había convertido en lo que era. No obstante, y a pesar de lo crítico de la situación actual, los concilios de guerra continuaban aburriéndolo mortalmente.
Pero Ilona… Ilona era diferente. Amaba la guerra, pero no de la manera en que lo hacían los mercenarios o los soldados profesionales, no. Donde otros solo veían horror y repulsión, ella encontraba posibilidades infinitas.
Dudo que OkanErsen llegue a ser jamás el tipo de líder capaz de comandar una carga contra el enemigo. Estas palabras las había pronunciado Shalle, la mujer que lo había instruido en política práctica. Tenía razón, pero la vida lo había… ¿recompensado? colocando a su lado a una persona que suplía con creces aquella falta de su carácter.
IlonaErsen. Su propia hija.
Lo mejor era que no ocultaba aquel temperamento. Al contrario, lo confirmaba con su actitud. Ahora mismo, cuando la amenaza de lastribus del Ramáneramás real que nunca y los miembros de la Asamblea solo discutían como locos,ella miraba a través de la ventana. Afuera el cielo estaba envuelto en niebla. Él mismo ahogó un suspiro, aquella actitud no tenía nada de reprochable, la atmósfera en el interior de la sala era como una de aquellas densas neblinas que solo presagiaban lluvias inminentes.
—Señores — dijo, alzando un poco la voz — El tiempo apremia y la impaciencia de los gremios crece. Debemos tomar una decisión.
Los gritos cesaron y algunos lo miraron con un rastro de burla asomado a los ojos, pero el resto guardó silencio. La casa Ersen todavía era demasiado importante como para ofender a uno de sus miembros más prominentes.
—Ersen tiene razón, llevamos demasiado tiempo divagando sobre cuestiones sin sentido — lo secundó YakanLaree, uno de los pocos que había permanecido en silencio hasta el momento.
Okan agradeció su apoyo con un movimiento de cabeza pero en su interiormaldijo al anciano. La casa Laree era una de las aliadas más antiguas de su familia, eso lo sabía todo el mundo. Así no llegarían a ninguna parte.
— ¿Sin sentido? Lo dices porque tu sector no está comprometido —dijo uno de los nobles, un hombre alto y corpulento — Es fácil hablar de esa forma puesto que tienes muy poco que perder.
—¿Muy poco que perder? —respondió el aludido — ¡Toda mi casa y yo podríamos caer en la ruina si los ramanitas atacan nuestrasección!
—¡Tonterías! —gritó uno de los mercaderes —Estamos perdiendo el tiempo. Tendríamos que haber contratado a mercenarios hace meses, como sugerí.
—¿Y de dónde habríamos sacado el dinero para eso? —preguntó DarronVanlaere, el más mayor de los asambleístas nobles.
Okan volvió a suspirar y se acomodó en su asiento mientras los hombres empezaban a discutir de nuevo. El problema era que Rilai, el mercader, por poco que lo apreciara, tenía algo de razón. La lucha distaba de ser una opción atractiva. Los últimos reportes hablaban de un gran ejército dirigido por Eikriss el Calcinado, quien había unido a las tribus del Raman bajo un mismo estandarte, y acampaba ahora en la Marisma de Laeghar.
¿Les serviría de algo enfrentárseles directamente?
— Escuchen —indicó, tratando de recuperar la atención y consiguiéndolo sólo en parte —Conozco a Eikriss, fue esclavo de mi hermano durante su juventud. Tal vez pueda hablar con él, conseguir que escuche. Geath fue su hogar durante años. Es posible que pueda convencerlo de que no la ataque.
— Un momento—dijo uno de los representantes plebeyos — ¿Qué hay del asunto de la comida? ¿Han visto lo que nos cobran los mercaderes por los brotes? Antes de preocuparnos por ese ejército, tendríamos que hablar de bajar los precios.
—Siempre echándonos la culpa de sus problemas —dijo otro de los mercaderes asambleístas. Y la discusión empezó de nuevo.
—Por favor — gritóOkan, levantando una mano— ¡Ciñámonos al tema!
Nadie lo escuchó. Era evidente que la proximidad del ejército ramanita, y las historias que sobre él contaban los sobrevivientes de las aldeas cercanas, habían calado muy profundo en la impresión general de los habitantes de la ciudad.
Geath había sido una vez la ciudad más soberbia de la Costa Roja, la capital comercial del mundo entero. Nunca se consideró el corazón del Triunvirato, aunque rivalizaba con Teiros en tamaño y esplendor. Su riqueza provenía del comercio, tanto así que, cuando estallaron las guerras de los clanes en Nueva Calanakbe, no se toleró que las batallas afectaran al comercio en Geath.
Aunque la política y la religión son importantes, tontear con el comercio es un asunto grave. Deja que Nueva Calanakbe piense que es el centro del mundo, decían los primeros mercaderes, nos quedamos con nuestro libre intercambio de bienes, monedas e ideas, muchas gracias.
— Apoyo la propuesta de Okan— intervino Aelas, uno de los mercaderes más acaudalados — Nos daría el tiempo suficiente para proseguir las conversaciones con Teiros.
— ¿Se sabe algo de la delegación? — preguntó alguien desde el fondo.
— Estamos perdiendo un tiempo valioso, el rey Maka nunca nos ayudará. No a menos que renunciemos a nuestras posesiones en el Cinturón Medio. Deberíamos preparar un… regalo, por así decirlo; en el fondo a los salvajes del desierto solo les interesa vestirse bien y llenarse la panza junto a par de mujeres…
La conversación volvió a degenerar en una disputa discordante. A veces,Okan se preguntaba si sus ancestros habían actuado bien al instaurar la Asamblea como órgano representativo del poder ciudadano. Si no hubiera sido más conveniente implantarun gobierno centralizado, como el de Teiros, con un solo hombre que tomara las decisiones que…
— ¡Basta! — la voz lo sacó de sus introspecciones, sobre todo porque pertenecía a Ilona, quien acababa de derribar una mesa de una violenta patada.
Casi se había olvidado de la señal. Casi.
Todos guardaron silencio y, por primera vez, nadie inició una nueva discusión. Unos cuantos se volvieron hacia Okan, que permanecía sentado con expresión tranquila y controlada.
— Le recuerdo, heredera, que sus intervenciones se encuentran limitadas por la base de… — comenzó a decir Vanlaere, pero un gesto de la joven lo silenció.
Okan sonrió. Su hija no sería muy elocuente con las palabras pero poseía un don bastante útil. En ocasiones como aquella, podía transmitir una impresión a través de una simple mirada, y por lo general esta implicaba una amenaza bastante explícita. En ese momento parecía decir: “O te callas o te callo”.
—Creo que han tenido tiempo suficiente para los debates — dijo ella, ahora por lo bajo — Como comandante del ejército de Geath asumo que, luego de una sesión ineficaz por parte de la Asamblea, la supervivencia de los ciudadanos se encuentra comprometida por la indecisión de sus miembros. Por lo tanto ordeno la movilización total e inmediata de los efectivos, y su puesta en marcha con el fin de detener al enemigo.
Varios murmullos brotaron desde diversas secciones de la sala. Era normal que, luego de pasada la primera impresión, muchos se opusieran a aquella violenta intromisión. El rumor fue subiendo de tono hasta convertirse en una ruidosa protesta.
— ¡Intolerable! —vociferóVanlaere, envalentonado por el descontento general — Esta asamblea no permitirá que se violen los derechos que constituyen los pilares de nuestra libertad. Además, no existe un precedente que apoye esta descarada violación de los Cuatro Principios.
— En realidad, si lo hay — dijo Okan, poniéndose de pie —¿Cuántos días lleva reuniéndose la Asamblea sin llegar a una decisión concluyente?
Vanlaere pareció desconcertado y miró a sus partidarios, buscando apoyo. Unas voces tímidas se alzaron entre las gradas de los mercaderes.
— Nueve — indicó uno de ellos.
— En efecto. Nueve días. Diez, si contamos este —Okan hizo una pausa para dejar que sus palabras consiguieran el efecto deseado — Y, aunque muchos no lo recuerden, o no quieran recordarlo, existe un tercer artículo en la Ley de los Renuentes, verdadero pilar de nuestro gobierno. Quisiera refrescar su memoria. Ilona, por favor.
La muchacha atravesó a grandes zancadas el espacio que la separaba del escaño de su padre. Con un gesto brusco, y algo teatral, le extendió una tablilla de madera bellamente labrada. Era una copia exacta de una de las treinta y cinco tablas originales que colgaban en la Torre de la Ley.
— Si la amenaza es inminente, y al cabo de nueve días no se ha tomado una decisión irrebatible — leyó Okan— Será deber del comandante militar en funciones asumir el mando del ejército, no así el de la ciudad en su totalidad, y asumir que el juicio de los miembros de la Asamblea ha sido insuficiente. Suya será entonces la responsabilidad de conducir a las tropas a donde estime conveniente, siempre en aras de proteger la tranquilidad ciudadana.
Un silencio ominoso siguió a sus palabras. Era obvio que muchos consideraban que Okan acababa de jugar sucio. Apelar a un artículo que nadie había usado en años era un golpe bajo. Y efectivo, además. Aunque la tradición dictaba que los miembros de la Asamblea debían conocer la Ley en su totalidad, solo unos pocos lo hacían, y solo a grandes rasgos.
— ¿Alguna duda? — preguntó Ilona, alzando un poco la voz.
— Antes apoyé la opción del diálogo, pero fue solo para ganar algo de tiempo —dijo Okan — No estamos en condiciones de negociar. Nuestra única opción es atacar antes de que Eikrissse acerque más a nuestros muros.
Vanlaere se levantó, ahogando una imprecación. Miró fijamente a Ilona durante unos segundos y salió como una tromba del recinto. Varios de los asambleístas, nobles en su mayoría, lo siguieron. Otros asintieron mientras se marchaba, como si también lo considerasen. Ese Vanlaere tiene demasiado poder, pensó Okan, entornando los ojos mientras contemplaba su partida. Le escuchan demasiado.
—Es una forma embarazosa de conseguir la decisión que considero necesaria — continuó — Pero… viendo cómo están las cosas allá afuera, dudo que tengamos tiempo para nada más.
Esta vez nadie se opuso. Pero era de esperar, aquellos que quedaban eran sus partidarios desde el principio o estaban demasiado asustados para proponer otra cosa.
— Propuesta aceptada —dijo, un poco sorprendido. No había creído que sería tan fácil— Como vocero en funciones de la Asamblea, declaro que la mismarechaza la decisión de parlamentary delega sus prerrogativas de mando en la comandante Ersen. El enfrentamiento abierto es asumido como la única opción. Se concede una pausa antes de pasar a otros asuntos.
El público se levantó, desperezándose, e Ilona se volvió hacia él.
—Buena reunión, ¿eh?
Él se encogió de hombros y le indicó que se acercara.
— Estuviste bien — susurró — Pero aún dudo de que estemos haciendo lo correcto.
—Has hecho lo adecuado, padre —dijo ella — Reconozco que enemistarse con Vanlaere ha sido una jugada peligrosa pero necesitamos al ejército. Sabes lo que le hará Eikriss a esta ciudad si la toma.
Okan sacudió la cabeza.
—No lo he hecho por él. Lo he hecho porque quería asegurarme de que ese necio de Vanlaere no entregaba la ciudad mientras los otros nobles se pelean por un electro de más o de menos.
— ¿Ves? —dijoIlona, alzando un dedo —Todavía puedo hacer un guerrero aceptable de ti.
— Eres demasiado parecida a tu madre. Con la única diferencia de que a ella le quedaban mejor los vestidos de gala y a ti las armaduras.
Okan sonrió. Luego se volvió para mirar a los miembros de la Asamblea, la mayoría de los cuales hablaban tranquilamente en grupos. Ciertos nobles conversaban con algunos mercaderes, y estos a su vez con varios de los campesinos. Eso era bueno, antes, cuando solo se juntaban con los de su misma clase, las propuestas más sencillas a veces acababan en discusiones que duraban horas.
— No digas eso — le dijo Ilona golpeándole en el hombro — Mamá se hubiera enojado al escuchar que yo… ¿Ese es uno de los mensajeros de la muralla?
Okan se dio la vuelta. En efecto, varios soldados se abrían paso entre la gente camino del estrado. Al fondo de la sala, los asambleístas había empezado a susurrar y agitarse, y algunos salían rápidamente de la cámara.
Okan notó que Ilonase envaraba y sintió una punzada de temor. Eikriss y los ramanitas han llegado. ¿Pero cómo es posible?
Uno de los soldados llegó por fin al estrado, y Okanse abalanzó hacia él.Era un oficial, pálido y demacrado con el rostro desencajado por el miedo.
—¿Qué ocurre? —preguntó — ¿Se han divisado las tropas deEikriss?
El oficialnegó con la cabeza,agitado.
—No, mi señor.
Okan suspiró débilmente.Ilona masculló por lo bajo y se adelantó, molesta por la interrupción.
—Entonces, ¿qué?
—Mi señora— explicó el hombre tratando de recuperar el aliento — Es que, hace unas horas, uno de nuestros exploradores llegó a la muralla. Se encontraba en un estado lamentable y apenas entendimos lo que decía pero, entre balbuceos, logramos sacarle algo. Habló de una retirada repentina… no, de una masacre en el ejército ramanita.
— No entiendo — dijo Okan, frunciendo el ceño — ¿Una trampa de Eikriss para que nos precipitemos?
— Eso pensamos en un primer momento. El capitán Galen despachó una partida para verificar la autenticidad de sus palabras.
— Debió haberme consultado antes — maldijo Ilona— ¿Y el resto de los exploradores? ¿Acaso ellos no confirmaron el reporte?
— No había algo como el resto. Solo quedaba él. Tuvimos que darle un sedante para que se calmara un poco. Aquel infeliz parecía salido del mismísimo Abismo. Solo un rato después, cuando comprendió que se encontraba a salvo, fue capaz de expresarse con algo de claridad. Volvió a hablar de la destrucción del campamento ramanita, y de la muerte de todos sus ocupantes. Pero sobre todo mencionó dos palabras que hicieron estremecerse a nuestros soldados. Penumbra… y Espectros…
— ¿Cómo? —lo interrumpió Okan—¿Espectros? ¿Los mismos de los que nos hablan los sacerdotes de Caer Nicia?
—Sssi, esos mismos — balbuceó el oficial, sin saber cómo seguir.
— Es obvio que Eikriss lo sometió a algún tipo de tortura — dijo Ilona— Típico de él. Pero solo un idiota se dejaría engañar. Debe estar muy desesperado, tal vez sus suministros no sean tan abundantes como creíamos.
— El capitán Galen pensó lo mismo. Pero, hace solo unos minutos, llegó uno de los rurrks de los últimos rastreadores.
Okan asintió, comprendiendo de inmediato la gravedad del asunto. Los rurrks eran unas pequeñas y veloces aves que solo anidaban en los torreones de Geath; desde hacía muchos años sus habitantes las entrenaban para recorrer largas distancias llevando un mensaje atado a sus patas. Era obvio que algo malo les había pasado a los batidores si habían sido obligados a utilizar sus rurrks como última alternativa para hacer llegar su recado.
—El mensaje solo tenía dos palabras, las mismas que el sobreviviente no dejaba de repetir: Penumbra… Espectros. Y justo en ese momento, allá, sobre el horizonte…
Un alarido lo interrumpió, y Okan se percató de que la sala se encontraba vacía. Desde alguna parte del exterior se sentían gritos y, más allá, les llegaba el eco de un intenso repicar de campanas.
— Son ellos —masculló el oficial, palideciendo aún más — Los Espectros… nos han encontrado. ¡Que los Renuentes nos protejan!
— ¡Tonterías! — gruñó Ilona, corriendo hacia la puerta más cercana — Hemos sido demasiado descuidados, Eikriss nos ha tomado la delantera. Pero se ha equivocado, y de qué manera. ¡Todavía no ha nacido el hombre que pueda joder a Ilona!
—Ilona, espera — trató de detenerla Okan— ¡No te precipites!
Pero era inútil, ya ella había desaparecido. Okan maldijo su falta de control y siguió sus pasos, dejando al atemorizado oficial murmurando alguna oración sin sentido. Sin embargo, algo en sus noticias no le había gustado, más allá de lo malas que estas resultaran ser.
Aquel hombre era un soldado, entrenado para luchar, y hablaba como si realmente creyera en algo incapaz de combatir.
Mientras corría hacia el exterior,y aunque su mente se opusiera a ello, tuvo la certeza de queese algo estaba atacando la ciudad.
Y que no se trataba de Eikriss y sus ramanitas.
2- Caída
El cielo lloraba mientras la Penumbra llegaba.
Habían pasado largos meses desde que la lluvia había bendecido las tierras de la costa, pero ahora unas nubes rojas enturbiaban el cielo, como una protesta ante la masacre que se avecinaba.
Las alturas se habían teñido de naranja mortecino, inundando la tierra con una luz sucia y apagada.
Y desde ese cielo, los Espectros descendíancontra la ciudad.
Deben de ser miles, especuló con amargura Khadai desde su posición en lo alto de un farallón. Se oían gemidos profundos, al principio esporádicos, pero a los que rápidamente se les unieron más y más hasta que todo el lugar pareció respirar con un ritmo atronador.
Geath se encontraba enclavada ante una bahía y una doble muralla, construida entre dos gigantescos macizos rocosos,la encerraba. Tras ella se elevaban cientos de torreones y minaretes que parecían buscar el cielo y le daban a la urbe el aspecto de un gigantesco alfiletero de piedra.
De repente las nubes tronaron, se revolvieron y estallaron, taladradas por cientos de proyectiles neblinosos que se precipitaban contra la tierra a velocidad meteórica y con fuerza devastadora.
Un bramido ensordecedor golpeó los oídos de Khadai cuando uno de los objetos pasó peligrosamente cerca de él, destruyendo un peñasco cercano y arrojándole multitud de escombros encima. Había llegado el momento. Algo culebreó bajo las piedras y un segundo después emergió. Era una criatura a medio camino entre una serpiente y un ave, de coloración difusa, etérea, del tamaño de un hombre adulto. Sus contornos se difuminaban al moverse, como volutas de humo arrastradas por el viento. Khadai sintió un escalofrío cuando los ojos azules del Espectro se clavaron en él.
Este quedó suspendido en el aire y giró la cabeza, con movimientos muy parecidos a los de un pájaro.Sin embargo, Khadaireaccionó de inmediato. Enfocó sus ojos hasta distinguir el aura de la criatura. La Penumbra acortaba la visión de los seres humanos, era como si una gasa aceitosa cayera sobre ellos. El Espectro se redujo a una franja de luz.
Percibió las líneas de fuerza magnética naturales que lo rodeaban, brillando débilmente bajo la tierra. Saltó, deslizándose sobre ellas y trazando un arco alrededor de la bestia. Esta se revolvió, una boca repleta de colmillos palpitantes buscando su piel. Pero ya Khadai estaba fuera de su alcance.
Aterrizó con destreza, las trencillas de la capa aleteando, y se puso en guardia. Empuñó una de sus dagas, imbuyéndola con la electricidad de su propio cuerpo aumentada varias veces. A continuación la lanzó, repeliéndola con fuerza; la obsidiana era una de las rocas que mejor respondían al manejo del aura. El proyectil improvisado alcanzó al Espectro en un costado, chisporroteando y hundiéndose profundamente en sus acuosos tejidos. Este dejó escapar un chirrido y cayó a tierra, convulsionando con violencia.
Khadai invirtió la atracción de su daga, impulsándola hacia sí. Solo había transcurrido un minuto. Tomó el puñal y lo limpió en su capa, luego se miró en su pulida superficie. Un complejo patrón de líneas bioluminiscentes se extendían como tatuajes por su rostro, latiendo al ritmo de su corazón.
Era la señal de la Auromancia.La magia que su orden condenaba. Siempre le sucedía lo mismo cuando se contemplaba a sí mismo, el recuerdo de su deserción lo llenaba de una profunda melancolía. Sin embargo, no había tiempo para sentirse mal. La vieja emoción, la sensación del combate, lo consumía.
No lo enfurecía, como hacía con otros auromantes, sino que todo se volvía más claro, más nítido. Sus músculos se movían con facilidad, respiraba mejor. Cobraba vida.
Se concentró en sus intenciones y dirigió su atención hacia lo que sucedía allá abajo.
El viento aullabaal anochecer escarlata sobre la gran embestida. No se trataba de muchos ataques individuales juntos, sino de la acción coordinada de miles de Espectros que avanzaban en la Penumbra creciente casi sin tocarse entre sí. Bípedos, cuadrúpedos, hexápodos, con doce o cien patas, insectoides, reptiloides o de formas indescriptibles, con colas o sin ellas, ciegos o con racimos de ojos, todos diferentes, todos feroces y con un único objetivo: la ciudad.
La marea de rabia viva se estrelló impotente contra los muros. Eran demasiado altos para saltarlos, demasiado lisos para trepar por ellos, demasiado gruesos para derribarlos, y la puerta colosal era casi igual de invulnerable.
Pasada la sorpresa inicial, las máquinas de guerraemplazadas en los muros lanzaron aullantes proyectiles por lo alto, cayeron lluvias de flechas en medio de las masas de los atacantes, derribándolos por docenas, y esporádicos disparos de catapulta procedentes del interior de la ciudad tallaron franjas de destrucción a través de sus apretadas líneas.
Era una suerte que la ciudad se hallase preparada para un posible asedio por parte de los ramanitas. No obstante, era obvio que nadie se había preparado para algo como aquellos. Trató de imaginar primero el desconcierto, y luego el terror de sus habitantes ante la aparición de aquellos demonios blanquiazules.
Pero los Espectros siguieron avanzado, sin prestarle atención a las bajas ni dejarse desalentar por las altísimas murallas que se alzaban ante ellos. Khadai sabía que eran incapaces de sentir algo tan humano como la desmoralización. Muchos de ellos subieron correteando por la pared de piedra como arañas, acuchillaron a los hombres con sus patas delanteras y arrojaron sus cuerpos que aún gritaban de las murallas. Los defensores de la ciudad les lanzaron rocas o esperaron con las armas preparadas para rechazarlos.
Los Espectros no eran invulnerables, ni mucho menos, pero si resistentes en extremo. La extraña sustancia que conformaba su cuerpo les dotaba de una vitalidad insólita, permitiéndoles continuar la lucha a pesar de las heridas y mutilaciones sufridas.
Los más grandes se lanzaron contra las puertas como arietes vivientes, pero sin lograr abatirlas. Desde lo alto los defensores siguieron disparando tan rápido hacia el hervidero de enemigos que sus arcos amenazaron con partirse. Aunque Khadai no albergaba ninguna esperanza a largo plazo, se alegró al contemplar como las bestias caían,formando desiguales montones de cadáveres. No obstante, sin prisa pero sin pausa, sabía que el simple peso de la ventaja numérica empezaríaa notarse
Además, ya comenzaban a verse los enjambres deEspectros voladores abatiéndose como una plaga de langostas sobre los defensores y los ciudadanos tras el muro. Y el resto no permanecía inactivo; aparecía una oleada, y detrás otra y otra más. Nuevos titanes atacaron las puertas. Medían cientos de metros de largo. Los demás treparon sobre los cuerpos apilados de sus antecesores con su mismo ímpetu suicida, llegando cada vez más alto.
La acumulación de cuerpos de Espectros muertos tardó algunos minutos en alcanzar el nivel de las murallas. Y casi al mismo tiempo,se escuchó el sonido de madera astillándose: el último empujón delos arietes vivientes contra las puertas había dado resultado. Khadai observó cómo los defensores corrían para enfrentarse a la marea azul y eran eliminados al instante. La siguiente embestida penetró pasando por la abertura, como una riada de muerte y destrucción.
Rota la línea de defensa, la muralla y la ciudad estaban ya perdidas.
Aquel era el momento que había estado esperando. Los habitantes de Geathno tenían adónde ir, a no ser hacia el mar, y la contienda pronto se disgregaría en millones de escaramuzas, en enfrentamientos cuerpo a cuerpo en el dédalo de callejuelas.
Aunque su razón le pedía a gritos que escapara de aquel lugar, las últimas palabras del Juramento resonaban en su mente, haciéndolo correr hacia la ciudad condenada.
Miculpa es la Penumbra.
Si no hay culpa, no hay muerte
Muerte a los Espectros.
La muralla estaba siendo penetrada en otros puntos. Al parecer algunas de las bestias podían lanzar una especie de sustancia corrosiva capaz de desgastar la piedra. Hacia uno de aquellas fisuras se dirigió Khadai. No tenía la menor idea de que hacer, salvo tratar de salvar la mayor cantidad de personas posibles.
Y de paso acabar con todos los Espectros que pudiera.
Dos figuras aparecieron en su campo de visión. Solo los años de entrenamiento le permitieron mantener la calma al ver a que se enfrentaba. Eran dos bestias, las pieles lisas y azules como los hielos del norte reflejaban la luz como charcos de cielo. No tenían ojos visibles y sus dientes negros asomaban en una cabeza situada sobre un cuerpo sinuoso. Sus ocho patas eran finas y se doblaban por los lados, como si fueran demasiado endebles para soportar el peso de los cuerpos.
Khadai saltó hacia delante (no sin antes enfocar sus auras) y se desplazó entre las criaturas, golpeando a un lado con sus dagas. Alcanzó a la de la derecha, abriéndole un tajo. Siguiendo las pautas erráticas de las líneas de fuerza magnética, volvió a atacar, dirigiéndose hacia las patas de la bestia ilesa y haciendo que perdiera el equilibrio. En el contragolpe, golpeó a la cara del monstruo herido cuando este se volvía y lo atacaba.
Saltó hacia atrás, impulsándose sobre las líneas de fuerza. Con el rabillo del ojo advirtió que uno de los Espectros intentaba flanquearlo y lanzó una daga contra sus fauces abiertas. Como esperaba, el interior de la boca era más sensible; el ser dejó escapar un siseo adolorido y cayó desparramado sobre un reguero de fluidos azules.
Escuchó unos gritos cercanos. La masacre en la ciudad cobraba fuerza, tenía que terminar, y rápido. Con un grito, saltó hacia delante. No existía nada más, solo él y los Espectros. El único viento era el de sus armas, el único sonido el de sus pies golpeando el suelo, la única agitación la de su corazón latiendo.
Su súbita embestida aturdió a su enemigo, esquivó una dentellada y luego se abalanzó, ganándose un arañazo en el brazo cuando clavó la daga imbuida de electricidad en el pecho al Espectro. La piel resistió al principio, pero luego se rompió; un chorro de sangre gelatinosa brotó en torno a su mano. Liberó el brazo y la criatura se desplomó, las patas fofas, el cuerpo deshinchándose como si fuera un odre agujereado.
Recuperó sus armas y siguió corriendo. Pronto alcanzó la abertura y maldijo al contemplar el número indeterminado de Espectros que se arracimaban en torno a ella. Sin embargo no se detuvo sino que sincronizó su biocampo con las líneas de fuerza, canalizando su aura y ejerciendo presión física sobre ellas. El resultado fue un violento empujón que lo lanzó sobre los engendros y la hendidura, trazando una parábola y aterrizando al otro lado en medio de un revuelo de telas y polvo.
Ante él se extendía el reino del caos. Bestias y hombres se mezclaban de forma indiferenciada, sonidos de golpes metálicos, crujidos y gritos flotaban en el aire. Grupos aislados de soldados trataban de juntarse y resistir pero la gritería y el desorden de los numerosos civiles que trataban de escapar les impedían organizarse. No obstante, las compañías de lanceros que aún sobrevivían estaban pagando cada paso que daban los Espectros con sangre.
Estos últimos se movían como cazadores, en grupos de tres o cuatro buscando individuos para cebarse luego brutalmente sobre ellos. Khadai intentó orientarse en medio del violento resplandor que conformaban sus auras, y mientras lo hacía se volvió al oír un sonido de piedra chirriante. Observó horrorizado cómo la parte superior de una de las torres de la entrada se derrumbaba en medio de un torrente de polvo y roca partida. Sus sentidos sobrehumanos le hicieron apartarse a tiempo pero los hombres que se encontraban más cerca fueron sepultados por el alud de escombros.
Confundido, trató de orientarse, y a medida que el polvo se disolvía pudo distinguir a un colosal monstruo de piel pálida que se dirigía hacia una plaza a través de las calles llenas de cadáveres. A menos de cien metros de distancia se aglomeraba una muchedumbre de mujeres, niños y ancianos.
ElEspectro se dirigía hacia ellos.
Ahogando una blasfemia echó a correr, resbalando sobre los cascotes y tratando de no caer en alguno de los numerosos agujeros ocultos. En su interior sabía que probablemente aquel gesto sería inútil, pero se negaba a dejar que aquella aberración aplastaran como si nada a los ciudadanos indefensos.
La única forma de alcanzarlos era crear un campo de impulso, cosa harta complicada sin una acumulación previa del aura en los músculos necesarios. Mientras corría trató de concientizar la posición exacta de cada tendón y ligamento de sus pies, canalizando porciones exactas de energía hacia ellos.
El resultado fue que comenzó a moverse con una velocidad y una gracia que ningún hombre, ni siquiera bajo el efecto de la droga más poderosa, podría conseguir jamás. Saltó sobre un saliente de roca, luego se agachó y rodó bajo un trozo de pared derribada. En ese momento una gruesa garra se abalanzó sobre él, pero Khadaibrincó y, todavía avanzando, rebasó por pocos centímetros la zarpa que hizo pedazos la pared a su espalda.
Fue solo un momento. Un suspiro. Una segunda garra caía hacia un hombre que se encogía sobre dos niñas, como tratando de protegerlas del inminente desenlace. Khadai rugió y saltó hacia delante. Alzó las manos y…
Y detuvo el golpe. Se dobló con el impacto, hincó una rodilla en tierra, y el aire resonó con el estruendo del choque.
Pero detuvo el golpe.
Varios ciudadanos lanzaron gritos de sorpresa, viendo al extraño forastero inclinado bajo el enorme peso del monstruo, que tenía muchas veces su tamaño.
Khadai contuvo la mano engarfiada, enviando energía a todos sus músculos, una labor harto difícil para cualquier auromante. Su esfuerzo fue tal que incluso los que le rodeaban pudieron ver una especie de vapor escarlata elevándose de su piel. La bestia barritó y Khadai le devolvió el desafío con un alarido, más dirigido a las personas que a ella.
— ¡Corran! ¡Hacia los barcos! ¡Lejos de aquí!
Sin embargo, sabía que no podría darles mucho tiempo. Uno o dos minutos a lo sumo. La única forma de detener al coloso lo dejaría indefenso ante el resto de los enemigos que sin duda no tardarían en aparecer. Sintió el roce de la piedra contenedor que llevaba al cuello y se decidió; no tenía alternativa, la única forma de librarse de aquel titán era carbonizándolo al tomar la energía eléctrica almacenada en la piedra y encauzarla a través de su cuerpo, empleando el suyo como conductor.
Respiró profundamente, sin cerrar los ojos, y comenzó a sentir como la corriente se descargaba por su cuerpo, fluyendo hacia sus manos. Una pequeña descarga estática se desprendió de su piel cuando rozó una espada caída.
En ese momento una sombra pasó por su lado, desconcertándolo de momento. El recién llegado era un soldado que corría en zigzag alrededor del Espectro, aferrando un escudo redondo y una lanza. De improviso descargó una estocada contra la pata que tenía más cerca, hubo un chasquido en el aire mientras la bestia trataba de sostener su peso con una extremidad de menos, cosa bastante difícil mientras intentaba aplastar con tanto ímpetu a Khadai.
Mientras caía en un crujido espantoso, rociando icor azulado, el soldado se lanzó a su cuello con un brinco, clavando su lanza profundamente en la carne. Khadai dejó escapar una chispa eléctrica hacia la punta de metal afilado. Como el asta era de madera su portador no corría peligro. Los ojos cerúleos de la criatura se ennegrecieron y velaron mientras un humo incoloro escapaba de la herida. En ese instante aparecieron varios guerreros y se dirigieron hacia el que había derribado al Espectro.
Mientras intentaba incorporarse se fijó en su salvador, las habilidades de las que había hecho gala no solían ser muy comunes. Entonces descubrió, sorprendido, que se trataba de una mujer. Era altay delgada, de cabello oscuro, como la mayoría de las mujeres de las tribus, pero sus ojos eran de un extraño color verde intenso, como esmeraldas pulidas.Llevaba una túnica corta, y sobre esta una armadura de escamas de bronce, o mejor dicho, solo algunas porciones: una coraza que le cubría el pecho y un brazal.
— Diríjanse hacia el puerto más cercano — les ordenó a los pocos que aún permanecían en el lugar, demasiado asustados para huir — Los barcos están partiendo hacia el Cinturón Medio. ¡De prisa!
Como potencia marítima que era, Geath poseía varias colonias en las islas que se abrían como una faja de tierra entrecortada varios kilómetros mar adentro. Mientras los ciudadanos la obedecían, Khadai descubrió un lazo rojo atado a la lanza,y supuso que se trataba del símbolo de un alto oficial. Al contrario que en otras ciudades estado, las mujeres geathis podían ingresar al ejército y escalar rangos en la jerarquía militar. Aun así era raro encontrarse con una oficial tan diestra y capacitada como aquella.
— No sé quién eres, extranjero, pero te agradezco lo que has hecho — le dijo ella, sacándolo de sus cavilaciones.Su voz era firme, sin inflexiones. La voz de alguien acostumbrada a mandar — Los Señores del Mar saben qué un auromante era lo último que esperaba encontrarme en este desastroso día. Pero ahora no hay tiempo para preguntas, no sé cómo habrás llegado hasta aquí pero asumo que también desees salvarte. Estamos reuniendo a todos los que podamos en los muelles, sígueme. Si puedes.
Y sin esperar respuesta, echó a correr seguida de sus hombres, dejando aKhadai demasiado aturdido para responder. Mientras la seguía, observó cómo los Espectros arremetíanno solo contra las personas, sino contra las casas y los muebles, contra todo lo que oliera a humano, como para dejar bien claro su intención homicida.
Era una batalla feroz… y corta. Ya casi no alcanzaba a ver ningún soldado, solo unos pocos, demasiado cansados para hacer otra cosa que no fuera dejarse caer al suelo y morir.Otros arrojaban las armas y corrían por sus vidas. No era una retirada, era una huida, todos y cada uno buscaba un refugio. Pero ese día las reglas eran distintas: podían correr, pero no esconderse…
El pelotón que comandaba la mujer luchaba en equipo, hombro con hombro. Ella a menudo dejaba su posición en el frente, corriendo aquí y allá de forma rítmica, ayudando a algún ciudadano a levantarse. Cuando se veían rodeados, entonces golpeaba su escudo con su lanza, y el pelotón adoptaba una formación en anillo. A Khadai, acostumbrado a luchar solo, aquella forma de combate le parecía extraña, aunque no dejaba de reconocer su efectividad.
Ella les manda una señal, pues con los gritos de los moribundos y los miles de personas gritándose unas a otras es casi imposible oír una sola voz. Permanecen a la defensiva y, aunque algunos sufran heridas, ninguno cae.
Khadai por su parte se limitaba a apoyarlos, moviéndose rápidamente en los puntos en que la situación era comprometida. Notó que algunos lo miraban con sorpresa, y otros intentaban alejarse de él. Las antiguas supersticiones aun perduraban con fuerza. Sus antiguos hermanos habían hecho un buen trabajo.
Saltando entre las llamas y los derrumbes, escondiéndose tras cada montón de escombros y asomándose con cautela en cada recodo, pudieron avanzar poco a poco, atacando cada silueta que no parecía humana para volver a correr otro tramo y esconderse de nuevo.
Varias veces los Espectroslos sorprendieron apareciendo desde detrás de una esquina o un muro semiderruido. Uno con aspecto de cangrejo logró derribar a dos soldados, y fue Khadaiquien salvó la situación volándole la cabeza con sus dagas cuando las tenazas espinosas ya rozaban sus cuellos.
Y así por kilómetros. Hasta que desembocaron en una amplia plataforma de piedra que se extendía como una mano abierta sobre el mar, con muelles largos y finos a manera de dedos. Dos o tres galeras y una miríada de embarcaciones menores se hacían a la mar, repletas de personas. Una multitud aterrada se arracimaba alrededor de barcos que aún permanecían atracados, chillando y tratando de abordarlos antes de que partieran.
Muchos intentaban alcanzar a nado los navíos que ya habían partido, braceando desesperadamente tras su estela. Las mujeres se metían en el agua hasta la cintura, alzando a sus hijos con la esperanza de que algún tripulante compasivo los recogiera. Por doquier brotaban violentas peleas que los pocos guardias que quedaban eran incapaces de controlar.
Esto es una locura. Nunca lo lograrán. Son demasiados, demasiados para salvarlos a todos.
De pronto un hombre pareció reparar en su presencia, y echó a correr hacia ellos seguido de cerca por varios soldados. Aunque sus ropajes estaban desechos y manchados de sangre, era fácil adivinar que se trataba de un noble, por la forma en que llevaba recortada la barba.
— ¡Padre! —gritó la mujer — ¡Por aquí!
— ¡Ilona! — le respondió él, señalando uno de las galeras más grandes que aún no había partido — ¡Rápido, te he guardado un puesto en nuestro barco!
— Primero las mujeres y los niños — desdijo ella, sin dejar de correr — Debemos organizarlos, hacer que todos…
No terminó la frase, pues en ese instante su padrechapoteó sobre una mancha de sangre o de aceite, era imposible saberlo, y resbaló. Dejó escapar una maldicióny, cuando se puso de pie, ya estaban allí. Eran tres, de rasgos deformes y a la vez hermosos.
Inquietamente hermosos.
Uno era como un trípode con látigos, el otro parecía un gran insecto de tres cuerpos, y el tercero un ave de varias cabezas. Khadai presintió que no le daría tiempo a escapar de ellos. Le arrojó una daga al que parecía un pájaro, más rápido y con mejor puntería que nunca, pero no fue lo bastante rápido ni lo bastante hábil.
Aunque herido de muerte, el Espectro alcanzó al hombre.
La joven dejó escapar un alarido al ver como su padre era sacudido como un muñeco entre las fauces del monstruo. De repente pareció volverse loca y arremetió contra él, desequilibrándolo con una finta y clavándole la lanza en un ojo, apuñalándolo una y otra vez hasta destrozarle casi toda la cabeza.
En su furia quedó expuesta al ataque de los otros dos.
Khadai logró abatir al de los látigos antes de que pudiera alcanzarla, evitando sus coletazos con movimientos fluidos y precisos. Gritando como posesos, los hombres desu pelotón embistieron al insectoidehasta derribarlo, muriendo uno de ellosal ser alcanzado por un escupitajo ácido.
Mientras corría hacia la chica, Khadai observó como la galera se iba a pique, debido al sobrepeso, y sus tripulantes intentaban en vano alcanzar el muelle.
— ¡Traten de rescatar a tantos como puedan! — mandó a los soldados supervivientes, demasiado aturdidos para hacer otra cosa que no fuera obedecer.
Llegó hasta la oficial y trató de apartarla del cuerpo del Espectro caído. Ella lo apartó con violencia, toda empapada de asqueroso fluido azul, sus ojos verdes relampagueando. Temió que se hubiera vuelto loca.
—Escucha — le dijo él, tomándola por los hombros y tratando de que su voz resultara convincente —Está bien sentirse mal. Se lo que es eso. A veces hace falta sacar el dolor que uno lleva dentro.
— ¡Vete a la mierda! — le gritó ella, escupiéndolo — ¡Piérdete! ¿Acaso no ves que este es el fin?
Khadai retrocedió, y entonces se percató de que las mujeres que aún permanecían en el muelle estaban comenzando a arrojarse a las turbias aguas con sus hijos en brazos. Aquellas madres y niños habían perdido a sus esposos, padres e hijos, a todo su mundo por culpa los Espectros. Pero habían nacido enesa ciudad, y si no podían seguir viviendo en ella, al menos podían elegir morir en ella.
Era un gesto tan hermoso, tan absurdo, que se le salieron las lágrimas.
— Como quieras — susurró con amargura — Pero si no lo haces por ti, hazlo por ellos. No dejes que se arrojen al abismo cuando todavía existe un puente al que aferrarse.
Pero ella siguió acuchillando el despojo como si toda su vida se hubiera reducido a aquel simple gesto.
— ¡No puedo salvarlos! —aulló— No me importa lucharcon un millar de ramanitas, pero esto, esto… ¡nadie puede enfrentarse a algo como esto!
— Te equivocas — le dijo Khadai aferrándola por los hombros — Si existe alguien. ¿Quién se ha abierto paso entre las hordas de Espectros hasta este lugar? ¿Quién ha conducido a decenas de personas, que de otra forma hubieran muerto, hasta los barcos que ahora se alejan? —la miró a los ojos — Tienes que levantarte, vas a levantarte. No puedes hacer nada por tu padre pero si por tu pueblo. Ellos te necesitan.
Ella pareció reanimarse un poco, y dejó de golpear el cadáver. Sin embargo, Khadaino creía en sus propias palabras. En el fondo sabía que todo aquello era inútil, que nada de lo que hicieran podía salvar a los que todavía intentaban escapar.
La aparición del primer Espectro los había condenado a todos.
Mientras tanto, la Penumbra había envuelto todo el cielo en un sudario carmesí.
De todas formas volvió a lanzarse a la batalla, arremetiendocontra las criaturas que ya volvían a aparecer por todos lados. Logró poner fuera de combate a unos cuantos pero tuvo que retroceder, abrumado por el número. Se dirigió hacia una niña que lloriqueaba en un rincón y la cargó, sin saber qué hacer con ella.
Entonces vio una brillante luz cayendo por el aire.
Era como una roca de estrella, desplomándose a velocidad increíble. Intentó proteger a la niña cuando la luz golpeó el suelo a poca distancia, quebrando el empedrado y lanzando esquirlas por los aires. Es suelo se estremeció. Las bestias se detuvieron.
Khadai se volvió aturdido hacia un lado y vio con sorpresa que la luz se levantaba y desplegaba sus miembros. No era una estrella. Pera tampoco era un hombre, aunque tuviera la figura de uno.
Vestía una túnica que despedía fragmentos de luz y llevaba una capucha sobre el rostro, de la que brotaban mechones de níveos cabellos. De su espalda surgían varias alas blancas y etéreas, que parecían envolver su cuerpo en una crisálida azul.
Entonces Khadai adivinó que era el fin.
Aunque nunca había visto a un Portador de la Penumbra, supo inmediatamente que se encontraba ante uno. Se puso en pie y llamó al pequeño pelotón para que formara. Las palabras del Juramento seguían siendo más fuertes que su miedo.
Pero cuando intentó atacarlo, sus brazos no le respondieron. Fuera como fuese, no podía luchar. No se luchaba contra algo así. La luz roja brillaba contra sus ropajes, y eran preciosos, intrincados, sinuosos. Era como si uno de los Renuentes hubiera tomado forma para caminar por el campo de batalla.
¿Y quién querría enfrentarse a los Renuentes?
Khadai cerró los ojos.





8 commentarios
David · 6 abril, 2016 a las 4:27 pm
mew esto esta bueno..parece k promete.Suigue escribiendo
halloween · 15 abril, 2016 a las 1:57 pm
Wow!!!
esta genial tienes un gran talento. espero con ansias la continuación
imaginarios · 18 abril, 2016 a las 9:26 am
Muchas gracias por tus elogios, comentarios como el tuyo me animan a seguir adelante. Prometo subir al menos dos capítulos más esta semana. Seguimos en contacto.
SterBen · 20 abril, 2016 a las 7:24 am
Lo he leído y esta genial, espero los sig capitulos
imaginarios · 21 abril, 2016 a las 7:49 am
Muchas gracias, de verdad. Ya hoy subo dos capítulos nuevos, espero que sean de tu agrado.
lisanai · 21 abril, 2016 a las 11:07 am
awhhh q lndo mi niño!! estás teniendo más exito q yo, y eso q eres nuevo! ada, q el talento está por encima de todo!
imaginarios · 21 abril, 2016 a las 11:24 am
Gracias Lis, de verdad que eres especial. ¿Más éxito que tú? Jaja, lo dudo, tu eres única corazón.
lisanai · 21 abril, 2016 a las 1:57 pm
uy q me sonrojo…