Un saludo para todos. Aquí les dejo los capítulos tres y cuatro de Hijos… gracias por sus lecturas y comentarios, son una de las razones principales que me animan a seguir escribiendo. Espero que los disfruten
3- Hermanos
El azor sobrevoló el desfiladero, describiendo círculos cada vez mayores y luego, como si le costara un gran esfuerzo, aleteó un par de veces, tomó altura y desapareció por completo.
Después de un minucioso examen, Ysai regresó al sitio donde habían desmontado. Con un gesto de la mano le indicó a su acompañante que lo siguiera. Ambos se dirigieron hacia una oquedad rocosa que se abría hacia la derecha.
— ¿Has encontrado algo? — susurró.
— No estoy seguro, pero al menos una docena de necras atravesó el arroyo un poco después de que cayera la noche.
— Es posible, he visto huellas en la orilla, anchas y profundas, de botas forradas en cuero, conté unos cinco pares.
— Deben estar cerca, démonos prisa.
Se pusieron de pie con silenciosa calma y comenzaron a moverse hacia un punto fijado de antemano. Los vajhitres, entrenados para responder solo a la voz de sus amos, permanecieron a la espera. Las nubes impedían ver el cielo y proyectaban sombras difusas sobre el terreno, pero ellos miraban las huellas invisibles sólo de vez en cuando porque ya conocían el camino que debían seguir.
Después de un corto y frenético trote llegaron hasta una especie de valle angosto y estrecho, tallado entre las paredes de la garganta. Un poco más allá distinguieron un grupo de siluetas informes que se arracimaban sobre un fuego débil y crepitante, de esos que cuesta mantenerlo encendido pero al menos no deja más que un montoncito de cenizas que luego resulta fácil enterrar con el pie.
Un viento helado recorrió el claro y su frío soplo comenzó a disolver lenta, pero firmemente, las siluetas y el fuego mismo que las congregara. Eran necras, perfiles blancos y encorvados recortados contra las rocas, todos armados con lanzas de doble moharra, sus ojos blancos relampagueando como brasas fantasmales. De vez en cuando alguno dejaba escapar un rumor que reverberaba en el silencio de la noche.
Los recién llegados empuñaron sus arcos de hueso, tensándolos con movimientos diestros. El que acompañaba a Ysai sacó varias flechas y puso tres ante sí, colocando la cuarta en la cuerda. Su compañero solo se limitó a sonreír ante sus preparativos.
— Fiel a tu costumbre — le dijo Ysai — Quisiera que padre pudiera verte ahora.
— ¿Ese viejo? ¡Ja! Con que lo hagas tú, basta — respondió el otro — Solo espero acertarle a uno o dos más que tú esta vez, para variar.
— No lo creo. No me he pasado media vida practicando como un loco para que ahora vengas a dártelas de gracioso. Sigue con tus vajhitres, se te dan mejor — hizo una pausa y su semblante se entristeció — Khadai… así te llamó ella, pocas veces se equivoca el corazón de una madre cuando escoge nombre para su hijo.
El comentario hizo que ambos bajaran la mirada, como si una sombra de tristeza deformara sus rostros, esculpidos por la vida a la intemperie. Pero entonces Khadai se sacudió, su rostro distendiéndose en una sonrisa sombría.
— Tranquilo hermanito, pues esta noche madre será libre y derramaremos un río de sangre necra para festejar su regreso a casa.
— Será una ofrenda justa entonces — murmuró el aludido mientras su mano temblaba sobre la cuerda del arco — Justa… y repugnante.
Un silencio profundo cayó sobre aquel lugar, como la calma que antecede a la tormenta. Uno de los necras que montaban guardia comenzó a decir algo en su propia lengua cuando se oyó un chasquido y un proyectil le atravesó limpiamente la garganta. Tambaleándose como un borracho siguió caminando por pura inercia y, con un grito ahogado, se derrumbó. Un segundo después otro corría la misma suerte. Algunos se incorporaron, alertados por el ruido.
— ¡Nos atacan! — aulló el que parecía su cabecilla — ¡A las armas!
Los arcos restallaron al unísono y un dardo le hizo perder el puñal que desenvainaba frenéticamente. Hubo una efusión de sangre y otra saeta se le clavó directamente en el oído, tumbándolo con violencia. Los sobrevivientes, unos hombres bajos y corpulentos, corrieron pendiente arriba ocultándose entre las rocas, alzando los escudos ojivales desesperadamente.
Dos más cayeron, asaeteados por la espalda. En ese momento Khadai saltó de entre las sombras, blandiendo la daga, y se lanzó de golpe contra uno de los más rezagados. Un poco más allá otro necra se evaporó en la oscuridad e Ysai apareció con su puñal ensangrentado brillándole en la mano y una expresión indescifrable en el rostro. Con un salto se incorporó a la refriega.
La escaramuza duró poco. La sorpresa había sido fulminante y el manto de la oscuridad, por lo general aliado de los necras, esta vez se volvió contra ellos al encubrir a los atacantes. La habilidad con las armas de los dos hermanos era incomparable; las manejaban con letal pericia, estableciendo a su alrededor un muro de vidrio negro que le valía la muerte a todo el que intentase atravesarlo. Muchos caían alcanzados con un tajo en la garganta, antes de darse cuenta de que se morían. El último de los necras dio la espalda a sus desfallecientes compañeros y con un gesto de furia salvaje trató de escapar.
Una daga fina como una aguja trazó un destello purpúreo a la luz del fuego moribundo.
El prófugo chilló de dolor pero Khadai se movió como un exhalación y lo golpeó con la empuñadura del cuchillo, poniendo fin a sus gritos con un entrechocar de dientes. El necra cayó al suelo sin sentido.
— ¿Está vivo? — preguntó Ysai, rematando a un superviviente que se arrastraba entre gruñidos.
— No lo sé — reconoció su hermano mirando al caído con asco — Sí, creo que aún respira. Este nos servirá.
— Apagaré el fuego entonces. Hemos hecho tanto ruido que en este momento cada necra de las Escáramo debe estarse dirigiendo hacia aquí.
— Peor para ellos.
Echándose al prisionero al hombro con una fuerza que muchos hubieran creído improbable en alguien de su complexión, Ysai desapareció en las tinieblas. Khadai extinguió la diminuta hoguera contra las piedras chamuscadas y borró sus huellas lo mejor que pudo. Tras cerciorarse de que no había nadie más en los alrededores, siguió a su hermano.
No pudo evitar sentir lástima por el necra atrapado. Sabía que muy pronto estaría deseando haber muerto junto a los suyos. Un rato después llegaron hasta el lugar en que habían dejado los vajhitres. Los animales bufaron al sentir el olor de sus amos pero no se movieron de su sitio. Ysai les lanzó una mirada de complacencia y luego desapareció, engullido por las sombras que lo rodeaban.
— Espérame aquí — le dijo a su hermano — Esto no tardará mucho.
El aludido movió la cabeza y se sentó en un rincón, sus sentidos atentos al menor movimiento. Aquel interrogatorio apenas podría ser considerado como tal, unos débiles quejidos pronto confirmaron su sospecha. Un segundo después apareció Ysai, el filo de su cuchillo cubierto de sangre blanca. Khadai alzó una ceja.
— Vamos, ya sé dónde se encuentra nuestra madre — contestó el recién llegado mientras limpiaba la hoja.
— ¿No sería mejor regresar y avisar a los demás? A estas alturas los necras deben haber deducido que a sus exploradores les pasó algo. Algo malo.
— Perderíamos un tiempo precioso. Vuelve tú sí lo deseas, yo seguiré adelante.
— Entonces creo que…
Pero no pudo terminar la frase. Incluso antes de que el cielo se tornara naranja, supieron que habían escogido el peor día para su travesía de rescate. Aquello fue tan repentino que ambos quedaron paralizados, sus mentes tratando de asimilar la magnitud de aquello que estaba sucediendo.
Las profecías, los escritos, los augurios, todos eran ciertos.
La Penumbra había llegado.
Como aquella vez, en la ciudad. Pero no, algo estaba mal. Él nunca había vivido algo como aquello. Estaba recordando un acontecimiento del futuro. ¿Acaso tal cosa era posible?
Y entonces, Khadai despertó.
4- Destino
Cuando abrió los ojos, fue consciente de que una figura vestida de rojo se inclinaba sobre él.
— ¿Ysai? — preguntó, aturdido aún por las brumas del sueño.
— No — fue la respuesta del desconocido. Su voz era seca — Pero puedes elevar los ojos al cielo y enterrar tus dedos en la tierra que un día te acogerá. Vives.
La frase resonó como un tambor dentro de su cráneo. Parpadeó varias veces hasta recuperar la visión y enfocar a su interlocutor. Era un hombre menudo, de ojos violetas y piel oscura. Llevaba el pelo recogido en trenzas y vestía una sencilla túnica anudada a la cintura con un cordón negro. Unos tatuajes circulares se extendían como una telaraña sobre sus pómulos y frente. Sin embargo, fueron sus palabras y no su aspecto lo que hizo que Khadai pudiera identificarlo como lo que era.
Un monje de la orden de Caer Nicia. Uno de sus antiguos hermanos.
Él mismo las había pronunciado antes, en otros tiempos, cuando inspeccionaba las aldeas arrasadas. Eran las palabras que se le dedicaban a los sobrevivientes de los Espectros. Entonces ellos lo habían perdonado.
Una vez más.
— Te doy las gracias — murmuró mientras se incorporaba — ¿He sido… he sido el único?
— Solo unos pocos más lo lograron — respondió — Sin contar a los que escaparon hacia las islas, tal vez medio centenar.
Cincuenta personas. Eso era todo lo que quedaba de una ciudad de más de doscientos mil habitantes. No sabía cuántos habían huido en los barcos pero aquella cifra lo golpeó como un ariete.
— Debo dejarte — dijo el monje, dándole la espalda — Otros requieren de mis cuidados.
Khadai sintió que en el aire flotaba un olor harto conocido, el olor del miedo. Observó cómo el monje se marchaba sin mirar atrás. A su alrededor había otros como él, moviéndose entre los sobrevivientes que yacían acostados en camillas improvisadas. Los sacerdotes les aplicaban ungüentos o les daban de beber, según su necesidad. Sus gestos eran precisos, fluidos. Pero ninguno lo miraba o le dirigía la palabra. De hecho, lo ignoraban.
Entonces comprendió la razón de aquel extraño comportamiento. Habían visto las líneas de la auromancia brillar en su piel mientras estaba inconsciente. Para ellos, era un hereje, un paria, alguien detestable que los ofendía con su sola presencia.
Y a pesar de todo, lo habían salvado. Sintió como el remordimiento volvía a invadirlo, atenazando su pecho con su garra culpable.
Intentó ponerse de pie pero no pudo; se encontraba débil y cansado. Lo habían traído a una especie de caverna excavada en la roca, iluminada por grandes piedras luminosas incrustadas en las paredes. A los lados se abrían una serie de amplias aberturas desde donde se veía el mar. Afuera, la noche era nublada y el viento aullaba como un coro de fantasmas hambrientos. El reflejo de un relámpago danzó de pronto tras las turbulentas nubes mar adentro.
Supuso que se hallaba en uno de los antiguos refugios que usaban los habitantes de la costa para huir de los corsarios. Era una suerte que en los archivos de Caer Nicia existieran mapas de todo tipo, y que sus miembros exploraran de vez en cuando las tierras que en ellos aparecían.
Se preguntó qué haría a continuación. No estaba seguro. Desde hacía años, toda su vida se había resumido a una sola cosa: perseguir y matar Espectros. Pero ya estos no huían, eran presas convertidas en cazadores. Una calamidad que podía devorar una ciudad.
Y aquel ser de luz que había caído del cielo. Un Portador de la Penumbra. Más que un hombre, más que un Espectro, pero obedecido por ambos. Un dios de la destrucción encarnado.
Hasta ese momento los había considerado meras leyendas pero ¿acaso no pensaba lo mismo la gente común de la Penumbra? Había sido un tonto al jugar con fuerzas que escapaban más allá de su comprensión.
Descubrió sus pertenencias, la capa y las dagas, colocadas ordenadamente en un rincón. No le dijeron nada mientras se arrastraba hacia ellas. Los monjes continuaban ocupándose de los sobrevivientes con la misma reserva de antes. Solo uno de ellos, una mujer ya madura, se acercó y le tendió una vasija con agua. Khadai pensó en informarle de la caída del Portador y sobre lo que había visto en la ciudad, pero se contuvo.
La palabra de un apóstata no significaba nada, era menos que el graznido de un pájaro.
Intentó moverse otra vez y, aunque sintió una punzada de dolor en el costado, al final fue capaz de ponerse en pie. Con paso vacilante avanzó hasta la salida, y permaneció allí, contemplando el tempestuoso mar. Volvía a sentirse vacío, sin propósito. ¿Para eso había abandonado la Orden?
Deseó poder… marcharse. Flotar. Convertirse en viento. Una vez había deseado la libertad para combatir la Penumbra, para vengar a Ysai… y había supuesto que la había encontrado. Se equivocaba. Eso no era la libertad, esa pena, ese agujero en su interior.
— Es una noche de tormenta — observó — Una que nunca acabará.
— Te equivocas — la voz lo sobresaltó — Es una noche extrañamente tranquila.
Cuando se dio la vuelta tuvo que ahogar una exclamación de sorpresa. De todas las personas que hubiera esperado encontrarse, ella era la última. La hija del noble muerto… Ilona. Vestía una de las sencillas ropas de los monjes y, a pesar de que se apoyaba en una improvisada muleta, no parecía haber sufrido lesiones graves.
— Es obvio que no conoces estas tierras — continuó diciendo ella — Comparada con las tormentas que nos han azotado, esta es solo una brisa suave y pasajera.
Khadai vaciló.
— Me alegra que hayas sobrevivido, entonces ellos también te perd…
— No quiero hablar de eso — lo interrumpió Ilona. Él se percató de que intentaba ocultar el dolor en su voz, aunque sin conseguirlo del todo — Estoy viva y eso basta.
— Siento lo que pasó, siento no haber podido ayudarlos… no haber podido ayudarte.
— Lo que hiciste fue suficiente. Estuve hablando con algunos de los supervivientes y todos concuerdan en una cosa: que apareciste luego de comenzado el ataque. O sea, que te lanzaste de cabeza hacia aquel infierno. ¿Por qué lo hiciste?
Khadai se encogió de hombros.
— Nunca lo comprenderías. De todas formas ahora ya no importa, no sirvió de nada. Ni siquiera pude salvar a tu padre.
— Te equivocas. Gracias a ti muchos pudieron llegar hasta los barcos. Además… me salvaste a mí.
Khadai no dejó de reconocer la ironía del momento, de cómo se habían invertido los papeles. Aunque tampoco le interesó demasiado.
— Entonces deja de perder el tiempo y reúnete con ellos — le contestó — Deben estar desamparados, faltos de un líder. Te necesitan.
Ilona vaciló, y mientras se mordía los labios, una sombra nubló sus facciones. Khadai percibió las violentas emociones que debían de estarse agitando en su interior. Se sintió invadido por un acceso de culpa.
— Volveré junto a mi pueblo a su tiempo — dijo ella al fin, recuperando la ecuanimidad — Pero antes debo hacer algo.
— No te comprendo. Estás viva, hay gente que espera por ti. No desperdicies esta oportunidad. Si, has perdido mucho, pero aún te queda lo más importante: un lugar al que volver. No quieres terminar sola, no quieres terminar… como yo.
— Ahórrate la autocompasión. Si regresara ahora, nada cambiaría. Si, podríamos seguir adelante, ¿pero durante cuánto tiempo? Tarde o temprano los Espectros nos alcanzarían, y esta vez sería definitivo — hizo una pausa y miró hacia el mar — En cambio, si obtengo lo que quiero, podría hacer algo realmente útil por ellos. Podría protegerlos de verdad.
— Eres una ingenua. Ya viste de lo que son capaces, viste la clase de seres que los guían. ¿Qué pretendes? ¿Reunir un ejército? En el improbable caso de que así fuera, no lograrías nada. No existe fuerza militar en el mundo capaz de detenerlos.
— En efecto. Pero no es la fuerza de las armas aquella con la que pretendo combatirlos. Existen métodos más antiguos y eficaces, métodos que creía perdidos para siempre hasta hoy, cuando vi como un solo hombre acababa con decenas de esas bestias como si nada.
— Lo que viste no significa nada, la auromancia no es suficiente. Los Espectros son una fuerza, como los vientos o el fuego. Esas cosas no se matan. No viven, en realidad, simplemente son. Un solo hombre no puede hacer nada contra ellos.
— Uno solo no, pero, ¿qué tal más de uno? Decenas, tal vez cientos… un ejército de auromantes.
A pesar del malestar que sentía, Khadai lanzó una amarga carcajada.
— Estás loca. No sabes lo que dices. No sabes lo que yo significo.
— Significa que tú, Khadai el Renegado, eres una persona que no puede ocultarse. Tienes un poder que la mayoría envidia. Es un poder que, si hubieras nacido siendo aristócrata, te habría convertido en una de las personas más letales e influyentes del mundo — Ilona se inclinó hacia él — Pero no eres noble, y abandonaste a aquellos a los que una vez perteneciste. No tienes que jugar según sus reglas… y eso te hace aún más poderoso. Y quiero que me enseñes a usar ese poder.



4 commentarios
Hutmacher · 28 abril, 2016 a las 7:49 am
Recientemente termine de leer los últimos capítulos y me parecieron geniales. Estaré esperando los sig
imaginarios · 28 abril, 2016 a las 7:51 am
Vaya, pues muchas gracias Hut, trataré de subir los restantes lo más pronto posible. Un saludo.
Namikaze · 3 mayo, 2016 a las 11:50 am
Me parecieron bastante buenos, la verdad me sorprendio el relato y la trama parece poco lineal q es como me gusta. En mi caso me restan unos cuatro capitulos para terminar mi segundo libro.
imaginarios · 3 mayo, 2016 a las 12:20 pm
Muchas gracias por tu comentario. He estado un poco atrasado pero prometo subir pronto dos o tres capítulos más. ¿Estás escribiendo un libro? ¡Que bien! Si lo deseas, puedes enviarmelo a mi correo raul.piad@mtz.jovenclub.cu para leerlo y darte mis opiniones sobre él. Siempre es un placer compartir con amantes del género.