Hace un tiempo, y debido a una novela que comencé a escribir, comencé a interesarme por el concepto de la fantasía urbana. Quisiera compartir algunos de los elementos que he encontrado en la red.


Desde sus mismos inicios, el género fantástico ha estado asociado al lado salvaje de la experiencia humana, al universo desconocido, tenebroso e incontrolable que se agazapa más allá del fuego de la hoguera. Con el advenimiento de la ciudades, este sentimiento no desapareció, sino que vino a fundirse con el ambiente citadino. Se trata de una separación que no hizo sino exacerbarse con el correr de los años, y que quedó muy de manifiesto en los precursores del fantástico moderno, ya fueran las historias de viajes “imaginativas”, los cuentos populares o los mismos cuentos de hadas inventados por les préciouses francesas durante el siglo XVII (que vivían en París, pero ambientaban sus historias en la campiña). Con una influencia medieval, y una perspectiva a menudo anti industrial, la fantasía británica del siglo XIX estableció los cimientos sobre los que se ha edificado mayoritariamente el género.
Claro que en fecha tan reciente como 1950, apenas un 20% de la población mundial vivía en zonas urbanas. En países industrializados podemos ir más atrás, pero en EE.UU., por ejemplo, en 1850 tan sólo el 15% de la población era urbana, y apenas había subido hasta el 40% en 1900.

Lo que es más, ya no es que la mayor parte de la población viva en ciudades, es que muchos de ellos no tienen el menor contacto con la naturaleza, y si acaso, con una naturaleza extremadamente domesticada. Lo rural ya no sólo representa en muchos casos lo desconocido, sino directamente lo irrelevante… y lo irrelevante no sobrecoge lo más mínimo, así que ya no es materia prima adecuada para la fantasía.
Hay arquetipos, sin embargo, que siguen siendo importantes, e incluso necesarios, y si los bosques están demasiado lejos e importan tan poco, habrá que trasplantarlos a la ciudad. Nació así la fantasía urbana, un subgénero que ha ido cobrando importancia desde mediados del siglo XX y que hoy en día se ha erigido en uno de los más dinámicos y comerciales… con ramificaciones que a veces incluso escapan del radar del aficionado tradicional, pero no por ello resultan deseñables. Antes de examinar la situación actual, sin embargo, tal vez convengan hacer un poco de historia, retrocediendo hasta sus orígenes y proponiendo una burda sistematización.
Básicamente, existen dos formas de abordar lo urbano desde una perspectiva fantástica. Por un lado, lo más común consiste en introducir el elemento fantasioso en un entorno cotidiano. El pionero de este enfoque tal vez sea Charles Williams, quien fue miembro de los Inklings y gustaba, al contrario que sus compañeros Tolkien y Lewis, de ambientar sus historias en las propias poblaciones donde vivía. Así, empezando con su novela en torno al Grial “Guerra en el Cielo“, de 1930, exploró un camino que mucho más tarde recorrerían autores como Tim Powers (“La última partida“, 1992).

La segunda opción consiste en considerar al propio paisaje urbano como un personaje, lo que permite crear urbes imaginarias, en las que lo fantástico se manifiesta en la arquitectura misma, los habitantes o las relaciones que estos establecen entre sí y con la ciudad. Aquí el pionero podría ser Mervyn Peake con su trilogía de Gormenghast (iniciada en 1946 con “Titus Groan“, aunque alcanza su plenitud en el tercer volumen, “Titus alone”, de 1959).
Allá por los sesenta, con una tasa de urbanización que en los Estados Unidos rondaba el 70%, el panorama estaba maduro para la irrupción de la fantasía urbana, y posiblemente así hubiera sido de no mediar un enorme cataclismo, el que produjo la publicación y popularización de un de las grandes obras maestras del género (y de la literatura en general): “El Señor de los Anillos” (publicado en 1954 en Inglaterra y 1965 en los EE.UU.). La influencia arrolladora de la épica de Tolkien, ambientada en un mundo secundario (y mayoritariamente rural, con un acusado medievalismo), hizo que los esfuerzos de buena parte de los nuevos autores se desviaran por el único camino que ofrecía éxito económico… el de la fantasía épica más o menos “inspirada” en la Tierra Media. Allá, por los bordes, sobrevivía también un pequeño grupo de irreductibles cultivadores de la no menos asilvestrada espada y brujería, aunque de tanto en tanto también lanzó su mirada sobre las ciudades, como la Lankhmar de las historias de Fafhrd y el Ratonero Gris, de Fritz Leiber.

Hablando de Leiber, podría señalarse como un hito importante en el desarrollo de la fantasía urbana su novela de 1977 “Nuestra Señora de las Tinieblas”, donde inventa incluso la ciencia de la Megapolisomancia. La novela cosechó uno de los primeros Premios Mundiales de Fantasía.
Sea como sea, la fantasía urbana moderna no despegó de verdad hasta mediados la década de los ochenta y, sobre todo, princincipios de los noventa, gracias a la hibridación y la consciente ruptura de moldes con que se experimentó durante toda la década. La fantasía urbana permitía establecer un claro contraste entre lo cotidiano y lo fantástico, que a menudo compartían espacio sin el conocimiento de la población en general, y también resultaba particularmente apropiada para jugar con la adopción de esquemas de otros ámbitos de la literatura, en particular la novela negra y el bestseller procedimental.
Se multiplicaron así las brujas y magos detectives (o delincuentes), las guerras ocultas (con los vampiros siempre a la gresca con los hombres lobo), el despertar de personas “normales” a una realidad ampliada, para abarcar no sólo el kiosko de la esquina, sino también lo que antaño sólo poblaba lo más recónditos rincones de la floresta. Con la proliferación de los títulos, y gracias a la influencia de la televisión, empezaron a exigirse complejas reelaboraciones mitológicas que sirvieran de marco y sistematizaran un poco tanto préstamo desarraigado, procedente de mil culturas, tradiciones, mitologías o precedentes diferentes.

Ya sea Anita Blake, la cazadora de vampiros de Laurell K. Hamilton; Harry Dresden, el mago contemporáneo de Jim Butcher; o Bobby Dollar, el ángel encargado de defender las almas en su momento postrero de Tad Williams; en todos los casos nos encontramos con la ciudad, de marco novedoso y cercano para unos personajes que, aparte de sus problemas de índole sobrenatural, también tienen preocupaciones más terrenales, como ver con qué se quitan las manchas de sangre de la blusa nueva o preguntarse cómo contarle al casero lo del boquete de dos metros de anchura, con forma de demonio, que airea de repente el pisito. Esa contraposición constante entre los sublime y lo mundano, lo trascendental y lo cotidiano, constituye la esencia misma de la fantasía urbana moderna.
¿Y qué hay de la otra vía, la de la ciudad fantástica como personaje?

También se ha desarrollado, aunque de un modo no tan extendido, a través del New Weird, siendo la principal figura de esa otra fantasía urbana China Miéville, con urbes como la Nueva Cobruzón de “La estación de la Calle Perdido” o Armada, la ciudad flotante de “La cicatriz“, por no hablar de la polis dual Besźel / Ul Qoma de “La ciudad y la ciudad” (en el caso español, es de obligada mención el escenario de la Ciudad de Rodolfo Martínez, urbe donde se desarrollan principalmente varias de sus novelas, como “Los sicarios del cielo” o “Fieramente humano“).
Comentaba casi al principio de esta entrada lo de los desarrollos “ajenos” a la mayor parte de los aficionados, y es que dentro de la hibridación con otros géneros de la que hablaba también se ha producido una importante conexión con la literatura romántica (por influencia directa de Laurel K. Hamilton). Aunque son historias que se mueven al margen de los círculos… digamos que más tradicionales del fantástico, y pese a que en muchos casos el interés difícilmente puede extenderse más allá de su público objetivo (e incluso podría decirse, sobre todo si metemos también en la coctelera el ingrediente juvenil, que a menudo la calidad literaria o la originalidad brilla por su ausencia), lo cierto es que el romance paranormal (constituido en su mayor parte por fantasía urbana romántica) no sólo es tremendamente popular (170 títulos en los EE.UU. sólo en 2005), sino que alcanza tiradas que para sí quisieran los grandes nombres del fantástico. Kim Harrison, Charlaine Harris, Karen Chance, Cassandra Clare, Ilona Andrews… son nombres que (salvo adaptación televisiva), no suelen sonar en los círculos de aficionados al fantástico, y sin embargo sus novelas copan a menudo las listas de los más vendidos, y están contribuyendo a hacer de la fantasía urbana uno de los subgéneros estrella de lo que va de siglo.

Con la evolución demográfica que comentaba al principio, no me cabe la menor duda de que la fantasía urbana está aquí para quedarse, y siendo un subgénero que se encuentra prácticamente en su infancia, a la búsqueda todavía de una identidad propia definitiva, será interesante comprobar cómo se va desarrollando… sin perder de vista todas sus vertientes, que en el género fantástico no estamos como para despreciar de buenas a primeras pastos más verdes que los trillados (y en algún caso agotados) desde hace generaciones.
ron sus cercados y murallas las que delimitaron dos zonas muy separadas: la urbe, donde todo es seguro y conocido, y el exterior, donde prácticamente cualquier cosa es posible.

 


4 commentarios

Alexy Dumenigo · 1 diciembre, 2016 a las 10:44 pm

Hola! Me gusta tu artículo, siempre me alegra encontrar gente que aborde estas temáticas, que tienen mucha tela por donde cortar.
Michael Moorcock y China Miéville citan mucho a Peake y lo prefieren por encima de Tolkien. Incluso Moorcok compara a autores como Tolkien con el creador de Winnie Pooh, por la forma en que supuestamente evita mencionar conflictos morales y sociales, y se deja llevar por una idealización de lo rural. La fantasía urbana, por el contrario, se revuelca más en la mugre (marginalidad, delincuencia, corrupción, etc).
Sobre el tema Peake vs Tolkien, no sabría que decir porque no me he leído a ninguno en profundidad.
Te invito a que leas (y no porque sea yo el autor), la primera parte de la serie de reseñas que estoy escribiendo sobre la trilogía de Bas-Lag, de China Miéville. Ahí dedico algunas palabras al fenómeno de la fantasía urbana, más específicamente la tendencia New Weird.
https://alexydumenigo.wordpress.com/2016/09/19/un-paseo-por-bas-lag-i-la-estacion-de-la-calle-perdido/
Saludos.

    imaginarios · 3 diciembre, 2016 a las 9:15 am

    Bueno Alexy, muchas gracias por tus palabras, aunque he de aclarar que este artículo sea una suerte de recopilación de internet con algún que otro añadido mío. Es verdad que Moorcock y Meville desdeñan a Tolkien, inlcuso creo que hasta Meville lo tilda de «reaccionario». Aunque comparto a medias algunas de sus opiniones, y disfruto la literatura de estos, sigo prefiriendo al profesor inglés, nada, cuestión de primeras lecturas y de fantismo tolkiendil, jaja. Prometo pasarme por tu blog y leer el artículo que me recomiendas, un abrazo.

Kvothe · 4 enero, 2017 a las 9:22 am

Saludos, mi amigo imaginarios…..

Si quieres involucrarte con fantasía urbana más o menos interesante, te prepongo que leas los libros de Jim Butcher, Harry Dresden o El druida de Hierro de Hearne Kevin, que se dejan leer muy bien, además de estar fuera de la contaminación rosa inherente a la nueva camada de fantasía urbana.
saludos

    imaginarios · 5 enero, 2017 a las 8:43 am

    Que bien, muchas gracias. Tendré en cuenta esos títulos para mis próximas lecturas. Un saludo, y sigue con Tu Roca de Guía, que vas bien, jaja

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *